Amaneció entonces y sobre la nieve se perfilaron los rayos color plata de un sol que solo se iba a quedar dos segundos porque no soportaba reflejarse en ese blanco infinito que quemaba la vista de cualquiera, ni sentirse más sordo incluso que en el espacio donde no viaja el sonido, porque el verdadero silencio no se lo va uno a encontrar afuera, por el contrario, entre más adentro se lo busque, más probabilidades se tienen de perder para siempre el oído, o de morir aplastado por la presión, o de quedar loco, o de arrancarse la cara de desesperación.
Y es verdad lo que digo, porque ni el Sol que es el Gran Coloso lo tolera demasiado, tendria que ser un Sol de Nitrógeno y no de Helio para escapar del invierno de purga.
El silencio se rompió de repente con un crujido que, aunque suave, enmedio de tanta asepsia podría compararse con el nacimiento de un volcán. Imposible resultaría medir su magnitud, pero de todas maneras el crujido hizo eco por mucho tiempo, y eso es algo.
Si hubiéramos levantado el vuelo unos cuantos metros por encima del origen del estruendo, habríamos distinguido un bulto oscuro abriéndose paso entre el blanco incandescente.
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La criatura parecía haber estado sepultada allí muchos años. Tenía la figura de una mujer, más bien de una niña, y estaba hecha ovillo, encerrada en un cristal de hielo que semejaba una enorme crisálida.
Sin abrir los ojos, dedicó un rato de su retorno a la vida a reconocerse dentro de un móvil, dejó de ser el espíritu que soñó con tantas transformaciones y que lloró tantas noches lágrimas de éter y lentamente tomó conciencia de sí misma, pero esta vez, la realidad no le cayó encima como un balde de agua helada, porque toda ella estaba cubierta de hielo.
Desde su pecho se extendió el deseo imperioso de moverse, de volver a tomar el control de un cuerpo, y una luz que parecía salir de ella misma le obligó a abrir los ojos.
Con un poco deesfuerzo desenrolló los brazos y extendió las piernas. Sintió presa la espalda también, pero reunió fuerzas y rompió lo que quedaba de la cadena de hielo que mantenía sus alas plegadas y sujetas al yunque gélido que dejaba atrás.
Se movió un poco sobre el blanco y entonces recordó al hombre que había amado, y viéndose lista prometió que encontraría la forma de volver.
Se acercó a lo que quedó de su prisión de cristal y se miró reflejada en uno de los trozos, su piel, antes de un rojo carmesí, se había vuelto gris y sus alas eran ahora de un negro ceniciento, y tenían la textura del terciopelo.
Y hasta entonces no había caído en la cuenta de algo más: la nieve ya no se deshacía al contacto con su piel, pues ahora ambas, ella y la nieve, eran de la misma naturaleza.
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