
Golpeando a la puerta de la memoria poética.
#angangueo #angangueomichoacan (en Angangueo)
https://www.instagram.com/p/B7sL9Ohluwn/?igshid=1ewx8asyudtst

Golpeando a la puerta de la memoria poética.
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Como la primera sirena, encontraron una cueva, donde ocurrieron dos historias trágicas.
La que ya no era más una sirena, ni una medusa, limpió las lágrimas del lugar para que estuvieran cómodos, y en el salón del espejo lo tomó de las manos. Danzaron hasta que el día terminó, danzaron porque eso hacen los faunos y las ninfas. Y se querían. Se estaban queriendo y ella se daba cuenta que este tiempo sí es perfecto.
La ciudad estaba siempre toda húmeda y es que suspirábamos demasiado y dábamos traguitos de agua de todos los bebederos del camino, porque es lo que las abuelas habrían querido.
Y si en este momento piensas que describo un invernadero, aquí viene la decepción y el origen de los males: nuestras voluntades no permitían que las moléculas de agua se transfirieran a sitios más secos, por gradiente, robando el calor de todos los cuerpos para poder cambiar de estado y sin embargo, helaba. Por momentos nos subía la humedad por las piernas. Se sentía como si estuviera bien dentro, en cada centímetro cúbico de hueso, en la médula. Entonces probábamos con estiramientos, con sentadillas, con desplantes, con saltos de esos que las profesoras de ballet exigen, sosteniéndose por lo menos cinco segundos en el aire, rogando a la gravedad que espere, que no tire tan fuerte.
Si los ejercicios no funcionaban, sabíamos que dormiríamos esa noche con unos dolores reumáticos de los que causan pesadillas. De la cadera al muslo, del muslo al tobillo.
Y a veces, incluso, la cadera se quedaba atorada a la mitad del movimiento que era necesario hacer para levantarse de la cama. Y era doloroso, y no había modo de avanzar o volver de esa penosa posición. Rodar de costado era lo que debía hacerse, eso y quedarse dormido fingiendo hacer otra cosa para engañar a los ojos, para que nunca se dieran cuenta de que se les estaba invitando a cerrarse, porque entonces se negarían y arderían toda la noche, bien abiertos.
Y los que tenían la mala suerte de enfermar de arena, tenían que terminar lloviendo antes de entregarse al sueño, para sacársela toda de debajo de los párpados. Algunos lo hacían a través de sus propios recuerdos, otros tenían que imaginarse en situaciones desesperadas. Después de un tiempo quizá desarrollaran la habilidad de no necesitar motivación, y llovían, y en las habitaciones comenzaban a crecer los hongos y las plantas, lo que volvía bastante incómodo bajarse de la cama, y sentir su frío roce, y pensar si los ciempiés y otros vermiformes habrían llegado ya a sacudir la columna vertebral y a ocasionar espasmos en el chakra raíz de solo verlos moverse.
Los pies fríos eran una bendición, pero no cuando se los golpeaba, porque un inocente roce con un mueble que a veinticuatro grados habría pasado desapercibido, en esa heladera significaba unos dos minutos de intensos latidos que se irían extendiendo desde el epicentro del traumatismo a todo el cuerpo hasta que terminaran de sincronizarse con los latidos del pecho, mientras un incendio en la columna consumía las energías.
Paradójicamente, las esferas del pecho las trajeron a la tierra de los hombres aquellas con voz angelical, con escamas en las piernas... para entender esta historia nos tenemos que remontar al origen mismo de las sirenas.
Las sirenas
La primera sirena era una niña de alma tan libre que se desprendió de los cuidados de su familia a los cinco años de edad. Después de besar en ambas mejillas a su madre y prometerle que iría a dormir temprano y estudiaría sus lecciones, se quitó los zapatos y se echó a andar hacia la costa, dejando para siempre la cabañita donde vivía. Su madre estaba triste, pero la sirena, cuyo nombre quedó en el olvido de los siglos, la dejó encargada al cuidado de la matriarca de la aldea, quien convocó a la luna para pedirle que le sanara el corazón a la madre y que cuidara siempre de esa niña.
La pequeña sirena entró en una cueva y pasó en ella la primera noche, feliz de poder estar consigo misma y dedicarse a bailar alrededor de la hoguera con la música del viento y de las olas estrellándose contra las rocas, y también de las estrellas, cuyas voces aún se escuchaban en la tierra y servían para mantener al mar en paz.
Pronto, la niña descubrió que pasaría la vida entera bailando y, para cuando tuvo edad, se llenó los brazos de algas trenzadas de color naranja y en los tobillos se enredó algas verdes decoradas con conchas blancas y plateadas que tintineaban alegremente mientras ella saltaba entre las rocas y el viento le perfumaba el cabello cuando hacía piruetas entre la bruma.
Una noche, un pirata quiso ocultar su botín en la cueva donde ella vivía y al verla tan hermosa, la tomó mientras dormía. Ella despertó entre sus brazos, confundida, pero al verlo lo adoró y se quedó observándolo con ternura hasta que éste abrió los ojos. Se quedaron contemplándose un rato y finalmente, sonrieron. Ella se levantó entonces y empezó a girar sobre sus pies para darle la bienvenida. Él cayó hechizado por la danza, que le hablaba de dulzura, del fuego del, sol, de libertad y del amor que anima todas las cosas y cuando supo que estaba enamorado, decidió dejar su vida de excesos y permanecer en la cueva con ella hasta el final de sus días, sellando sus votos ante una gran ballena blanca.
Permanecieron juntos durante tres retornos solares, él le enseño a seguir el tránsito de las estrellas y ella lo enseñó a bailar, escuchándolas. Los días transcurrían rápidamente mientras ellos se bebían uno al otro, jugando a veces, a encontrarse entre los manglares.
Una madrugada, la luna llamó a la sirena desde fuera de la cueva y ella acudió, miró al cielo y observó su rostro luminoso y bondadoso. La luna le acomodó los cabellos, y le dijo que fuera dichosa, pues su vientre había sido bendecido y pronto se llenaría de vida. La sirena recibió la noticia con mucha alegría y corrió, voló sobre la playa, sobre la espuma, y se sumergió en el mar salpicando agua y sueños por todos lados. Entonces la luna, conmovida, se arrancó una de sus largas pestañas, la retorció entre las olas y se la entregó en forma de perla.
Al regresar a la cueva, se hizo un ovillo entre los brazos de su amado. A la mañana siguiente le contó lo que estaba a punto de sucederles y él lloró de alegría, la tomó entres sus brazos, besó su frente y salió decidido a encontrar un regalo digno, pues en ese momento sentía que su corazón reventaría de amor por ella y por su herencia y ardía en deseos de halagarla.
Pero llegó la noche, y el pirata no regresó y la sirena, muy triste se sentó en una roca a esperarlo. Lo esperó por varios días y varias noches, sin comer ni dormir, solo suspirando y deshaciéndose de angustia. El día veintiocho después de la partida, escuchó una fuerte detonación dentro de su cabeza y sintió un dolor inmenso en el vientre, en el corazón, en el alma, se desvaneció sobre la roca y mientras se perdía en la inconsciencia, escuchó la voz del pirata diciéndole que iba a amarla por toda la eternidad.
Horas más tarde, la luna se acercó a ella, la acarició con sus rayos de plata y le dijo con pesar que le pirata no volvería, que había ido a la ciudad y había caído preso, siendo enjuiciado y sentenciado a muerte aquella misma noche.
Ella decidió que sin él no podría seguir, que no volvería a danzar, y sin pararse a meditarlo trepó al risco junto a la cueva y se lanzó hacia las rocas, que le quebraron las piernas transformándolas en un montón de astillas. Pero las olas del mar no quisieron llevársela, porque sentían por ella un profundo cariño, así que la recogieron con cuidado y la devolvieron a la playa donde permaneció tendida dos noches más. Entretanto un ejército de cangrejos, se sumergía por turnos en las profundidades para cortar suficientes algas con qué cubrirle las piernas para cuidarle las heridas. Pero las heridas no sanarían y el corazón de la sirena tampoco. Despertó en la playa, débil y adolorida y quiso gritar pero descubrió que se había quedado sin voz. Entonces lloró, lloró tanto que el cielo se volvió gris y las olas se agitaban furiosas de manera permanente pero sin que las nubes llegaran a romperse y soltar la lluvia que podría haber aliviado todas las almas y los espíritus en el mar. La noche se hizo eterna por primera vez, y los peces morían y las ostras ya no daban perlas. Todas las aves se fueron de aquel lugar y solo quedó la oscuridad y la furia de las olas.
Entonces volvió la luna y le dijo a la sirena que para resarcir todo aquel daño, debía vivir por todos los seres del mar que la estaban amando tanto que habían hecho suyo su dolor. Le pidió que tomara la perla blanca que le había regalado el día de la anunciación, y que la comiera.
Como no tenía otra opción, tomó la perla e hizo lo que la luna le pidió, y al instante su vientre comenzó a vaciarse, llenando sus piernas inmóviles de suero rojo. Las algas con las que los cangrejos la cubrieron comenzaron a mezclarse con la sangre y se endurecieron, la piel se oscureció y poco a poco se transformó en escamas, al final los peces alados saltaron en la superficie del mar, y las piernas de la sirena terminaron de convertirse en una aleta hermosa. Entonces la luna le advirtió que por haberse comido la perla, ya nunca volvería a llorar, pero que las estrellas habían aceptado regalarle sus hermosas voces cantarinas para que pudiera volver a hablar, pero le advirtió que nunca debía usar su canto en presencia de hombres mortales, pues de hacerlo, los que la escucharan caerían víctimas de un poderoso hechizo y sus vidas serían reclamadas por el mar. Solo debía mantener la promesa de cantar de noche, mar adentro, para mantener el ritmo de las olas y la paz en las profundidades, de donde surgían los sueños de todos los seres, como hicieran antaño las brillantes estrellas.
Entonces las olas comenzaron a llamarla y ella respondió, sumergiéndose.
Al contacto con el agua, el roto corazón dentro de su pecho se disolvió, quedando en su lugar solo un hueco vacío.
Del orbe del pecho.
La sirena eligió esta vez el casco hundido de un barco como su morada. Pero la soledad y el vacío le hacían cosquillas en los ojos, unos ojos oscuros, sin lágrimas. No había para ella diferencia entre calor y frío, luz y oscuridad. Recordaba su vida con el pirata y la energía de su amor flotaba suspendida sobre su pecho al no encontrar un medio para propagarse. También el dolor de su partida permanecía allí, flotando en el agua a centímetros de su pecho, sin encontrar consuelo.
La sirena se alejaba cada día un poco más de la superficie, ya casi no salía ni para cantarle al mar, sumida en sus pensamientos, se dejaba arrastrar al fondo, a la zona abisal, donde la presión hidrostática es más fuerte y da lugar a las formas de vida más extraordinarias.
En ese lugar permaneció la sirena, con sus recuerdos, con el amor, con el dolor. Pero a esa profundidad, la energía que flotaba suspendida a centímetros de su pecho también sufría los efectos de la presión hidrostática, y como sucede en la naturaleza, la energía vibrando a alta frecuencia comenzaba a asemejarse a la materia y esa materia breve, sutil, a intentar ocupar el menor volumen posible, adoptando para ello, la forma de una esfera.
La esfera se fue haciendo cada vez más sólida, y cuando acabó de volverse realidad, la sirena sintió que estaba lista para volver a la superficie.
Esa noche cantó con todas sus fuerzas y el mar volvió a la calma. Algunos seres al escucharla entraron en un profundo sueño que duró todo un ciclo lunar y al despertar, brillantes orbes tornasoles flotaban sobre sus pechos encendidos.
Y fue solo gracias a estos orbes, que los seres que sienten sobrevivieron a la primera de las glaciaciones.
En mi desierto aun existe ese oasis. Pero si una vez fuiste exiliado, deberás escalar la montaña más alta y traerme en dorada bandeja la cabeza de una quimera. Y regarás mis jardines con lágrimas de arrepentimiento, y alimentarás mis rosas con la sangre de tus venas. Solo así podrás cruzar las dunas de arena y volver a descansar a la sombra de mis templos.Y es que... Cómo no estudié psicología tampoco cabe ya que te atienda por dinero.




Trajo puestos mis lentes de armazón toda una semana, por lo que su visión además de ser nocturna como la de aquellos cuya cabeza es igual a la suya, se volvió premonitoria, pues para quien no padezca de la vista lo mismo que yo padezco, ese par de anteojos color guinda son instrumentos para mirar hacia el futuro.Porque los amores de una noche pueden salir bien si y solo si no hay nada más oculto bajo la ropa.