No pude ni lavarme los dientes con las prisas de ver al médico.
Aventé el espejo de vuelta en el cajón de la cabecera y me precipité para bajar de la cama, con la adrenalina tocando los límites superiores; escondí la pijama bajo un saco gris y me puse los zapatos viejos, tipo ballerina, que utilizo para las salidas de emergencia.
No pudo inventar el ser humano zapatos más prácticos, porque yo, que padezco del mal de la anchura de pies, necesito tenerlos todo el tiempo abajo de 4ºC para sentirme a gusto.
Tener los pies calientes es como usar un calcetín sudado, tocar un chicle pegado bajo la banca o tomar refresco de cola a 30ºC.
Así que me puse esos zapatos después de limpiarles con la mano toda la pelusa que se acumuló desde la última vez que fui a la tienda a comprar frituras enchiladas (y podemos decir que de eso ya hace un buen tiempo, tanto tiempo ha de la última inflamación de cólon cuasi-premeditada) y corrí junto Cofee, el perro de la vecina, éste con una botella vacía en el hocico, yo con el corazón en un puño.
En la carrera hacia el consultorio sentí lágrimas calientes retroceder por mi cara hasta las orejas.
En las anteriores consultas ya me lo habían advertido, se suponía que ya estaba preparada para ésto, pero éste era el día y yo no acababa de asimilarlo.
Fui afortunada de no encontrarme a nadie de camino, eran apenas las ocho de la mañana de vacaciones más dramática de toda mi vida.
El doctor me recibió haciendo acopio de toda su paciencia porque presentía ya que se avecinaba una tormenta.
-¿Me permites verlo?- me preguntó con cautela.
Yo seguía tapándome la mitad izquierda de la cara con una mano. Tenía miedo. Estar allí sentada en el diván me hizo entrar en pánico, la realidad me caía encima a chorros cada vez más grandes.
Lentamente dejé que mi mano se relajara y solté.
-Ya veo, te sugiero que te recuestes e intentes estar tranquila.
Sus palabras no me tranquilizaron pero obedecí. Procuré acomodarme en una posición que favoreciera el equilibrio de mis facciones de tal modo que el problema dejara de agravarse.
El doctor revolvió en los cajones hasta sacar un aparato de metal, parecido a aquel que usaban los odontólogos del siglo XX para arreglar las mandíbulas y maxilares poco desarrollados.
-El escurrimiento de ojo es una rara enfermedad para la cual no se tiene cura.- me dijo y continuó arreglando el aparato con la intención de ajustármelo en la cabeza.- suele comenzar igual que sucedió contigo: la aparición de ojeras grandes bajo el ojo afectado, que van acrecentándose conforme el ojo se suelta de su lugar en la cavidad orbitaria y aumenta el peso sobre la piel. Intentaremos colocarte este aparato que sostendrá tu ojo en su lugar mientras regeneramos los ligamentos que lo mantenían en su lugar....
...Me desmayé, no alcancé a oír el resto de la explicación.
Ahora estoy en casa y comienzo a recordar. Hace ya varios días que no me levanto de la cama. Solo espero.
Una camilla me trajo a casa y dos enfermeros me colocaron en una silla de ruedas que ha de ser pagada con los impuestos que me son descontados de mi sueldo cada mes.
Tláloc me trae cada tercer día la despensa, y la comida de mis gatos.
El doctor llamó hace rato. Me dijo que estuviera atenta a mis sueños pues la mayoría de las personas piensan que cuando se tiene una pesadilla o un sueño muy vívido, los ojos se mueven agitadamente, si embargo, estudios recientes han demostrado que sucede al revés: cuando movemos agitadamente los ojos durante el sueño, se generan impulsos eléctricos continuos y enérgicos, que se traducen en señales que al llegar a nuestros cerebros se transforman en ideas igual de continuas y enérgicas. Así es como funciona.
Decidí contratar el servicio de Telepanic, películas de horror todo el día.
¿vienes a mi casa?
viernes, 28 de diciembre de 2012
jueves, 27 de diciembre de 2012
goteo
Mucho tiempo pensé que para poder escurrir de letras, como siempre había sido mi sueño, tenía que ingresar a la escuela de Letras y no dejarme seducir por los malos olores de los gabardinas blancas.
No me hice caso, un día desperté hecha nudo entre sábanas sudadas presintiendo lo peor si me dejaba llevar por mi inconsciente.
Lo peor para mi sería perder paulatinamente la inteligencia racional de la que tanto nos vanagloriamos los hombres. No. Creo que peor que eso sería darme cuenta de esta pérdida.
Y ese miedo se sobrepuso al miedo que me da perder mi consciencia espiritual y el grado de elevación que en esta, que sospecho será de mis últimas vidas, vine a buscar.
Entonces llegué a la institución.
El edificio me impuso desde el primer momento, con sus altos muros de cemento, cemento puro, puro cemento, y los sótanos y los corredores...¡Cuánto frío en pleno verano!
En esos edificios podemos conservar lozanas nuestras pieles y nuestros cerebros.
No vine a hacer una descripción del instituto, de sus paredes frías, de sus sótanos y de sus gatos he hablado ya bastante.
Del maltrato, de las horas sin dormir, del mal comer.
Sucede que nos encontramos en pleno invierno, a la mitad de las vacaciones.
Las fiestas decembrinas están terminándose, yo las noto cada día más insípidas. Ha sido así desde que cumplí ocho años. Noté esa pérdida de flavor, paulatina, esa falta de valor. El susto que me llevé entonces es equivalente- creo yo- al susto que me llevaré cuando descubra que estoy perdiendo la memoria.
Las pesadillas volvieron, las dificultades para despertar de ellas ya me generaron una nueva paranoia: la de padecer el trastorno del terror nocturno, o el miedo a no despertar más y quedar en coma, como me lo dicen los fantasmas sepia de los sueños.
En el reino las cosas comenzaron a descascararse, a menudo las cosas parecen demasiado reales. De continuar así habrá que fumigar.
Aumenta el número de seres que pierden las esperanzas y las ilusiones.
Vacio. Vacuidad.
Como La Vacuidad de Ende consumiendo Fantasía.
Llegando al final del discurso sin sentido tengo que contarte que Leandro me ha enviado una carta, me disculpo sinceramente por no poder decir mucho más sobre lo que me ha consultado en ella, pero ha sido una confidencia con todas las letras y a una confidencia se le respeta al igual que a las mujeres.
Sus palabras y los hechos que antes te relato me hicieron reflexionar.
Puntualizo y enumero cuatro cosas que hay que considerar para entender la magnitud del problema:
1.- El universo se contiene a sí mismo, nosotros estamos contenidos en el universo, lo pensamos, nos crea y de este modo contenemos al universo. Pensamos. Nosotros pensamos. Diariamente tenemos una que otra ocurrencia, en sueños, en delirios, dormidos o despiertos tomamos del universo algún mensaje, nuestro cerebro descubre algo, nuestro espíritu siente, y entonces surge una idea. Es inherente a nosotros, viene sin esfuerzo y sin esfuerzo se va.
2.-Las ideas son poderosas, podrían ser materia si se lo propusieran, podrían transformar la materia, puesto que la materia sólo es una forma muy densa del conjunto de ideas que tiene el universo contenidas dentro de sí. Pensamos. Nosotros pensamos. Tenemos ideas.
A menudo una idea puede causarnos tanta inquietud, que es necesario escribirla para dejarla ir.
Lo has experimentado alguna vez.
Te ha pasado, sé que te gusta desahogar tus tristezas en los papeles, en las servilletas, en el cuadernito de forma francesa, o en cualquier material que admita tinta, o que se deje leer y que guardas en el cajón de la mesa de noche y a veces, irritándome, te atreves a dejarlos allí a la luz pública, acariciándolos y atesorándolos como si fueran literatura.
Quizá tu trabajo sea un mejor ejemplo. Habrías colapsado hace mucho si no hubieras acertado a tomar el consejo de mi esposo y comenzar a hacer listas de pendientes.
Nuestro inconsciente sabe que todas esas ideas están a salvo en otro lugar, y que pueden prescindir de tenerlas en las capas más superficiales de la mente. Esas capas a menudo se saturan y cuando lo hacen generan problemas. La gente se vuelve agresiva.
3.- Conocemos mucha gente prodigiosa.
Por mucho tiempo yo creí que las grandes obras y los grandes proyectos eran producto del ataque de una idea muy agresiva y luminosa. Que era como encontrarse en un cuarto oscuro y tener la suerte de ver que una estrella fugaz que cruza el universo de la mano del azar cae en ese mismo cuarto, iluminándolo todo.
Pasa el tiempo y observo más cosas.
Ahora soy de la opinión de que no basta con que caigan del cielo estrellas fugaces luminosas, sino que estas estrellas fugaces deben ser como semillas, y que estas semillas deben encontrarse viables, prestas a germinar.
Trillado: las grandes cosas empiezan por algo pequeño. Los grandes robles fueron semillas primero.
Las ideas deben madurar antes de convertirse en una obra maestra, en un gran proyecto, en un descubrimiento científico.
4.- Los hábitos. Pueden generarse cuando uno repite la misma acción cierto número de veces. Son modificables. Casi nadie lo sabe, y del puñado que presumimos de saberlo, lo refundimos en lo más hondo del conocimiento y lo sacamos a que le de el aire sólo al sentir la necesidad de presumirlo.
Ahora, creo que todo comenzó cuando se aprobó la Reforma Comunicacional de las pizarras y Tableros.
Sé que donde te encuentras ahora, la reforma no fue aprobada por aquello de la arena. Las tormentas de arena no lo hubieran permitido ¡y a buena hora !
La ciudad ya no es hermosa, está llena de tableros retacados hasta el último centímetro cuadrado de anuncios, panfletos y demás materiales entintados, o que pueden leerse. Voltear a cualquier lado deja una sensación de desorden que deprime.
Hasta el cielo se ha ensuciado con tanta y tantísima tinta, y en el primer chubasco, todos los colores se mezclaron y ahora no hay siquiera nubes blancas. Todo es del mismo color gris acero.
Y entonces los pájaros y las mariposas y otros animales voladores se contaminaron también con la tinta, y las flores que crecen en las macetas y en las jardineras.
Nuestros ánimos son grises también, grises las lágrimas y grises los sueños.
Y esque este es el problema:
La gente está tan gris que muere por sentirse importante y entonces va y pega algo a diario, en busca de un amigo o anunciando alguna fiesta a la que invitar desconocidos para beber y hacerse amigos.
Algunas personas comenzaron a ser reconocidas, algunas letras, algunas palabras. Entonces se volvieron "populares", populares de tablero o populares de pizarra.
Y estas personas sintieron la necesidad de tener algo que decirles a estas personas que ya los reconocen y llaman a sus puertas y a sus teléfonos portables.
Y la necesidad se hizo jornalera y más tarde horaria.
Necesidad, necesidad de seguir siendo interesante a los demás, de seguir siendo reconocido por el tono de sus letras, por su redondez o por su agudeza.
Hay incluso algunos que pregonan haber abierto los ojos al mundo verdadero. Ellos celebran fiestas clandestinas donde adoran al universo de una forma que creen única y original. Ellos "ven con otros ojos", ellos critican al grueso de la población feliz que se dedica a ir a fiestas y hacer amigos, que enciende el televisor en la mañana y en la tarde y en la noche y bebe café con pan antes de irse al trabajo, ajeno a las cuestiones del espíritu universal.
Luego de sus celebraciones se retiran a sus casas a rumiar a algún rincón suavemente iluminado, y a sentir un dolor indescriptible, como creen que nadie es capaz de sentir, y entonces sacan su libreta y escriben... y el resto es historia vieja. La literatura-de-cajon-de-mesa-de-noche.
Regresando a los necesitados de reconocimiento digo que esas ideas chiquitas que llegan a todos nosotros son las principales víctimas de esta enfermedad. Son ideas pequeñitas, recién nacidas, brillantes, perfumadas, jóvenes y atractivas por la adrenalina que produce encontrarlas, por las ansias que surgen al descubrirlas jugueteando en la cabeza y el deseo ferviente de verlas madurar. Pero en las mentes de los afectados por esta nueva patología estas ideas mueren sin llegar jamás a convertirse en una gran oba o un gran proyecto.
En su carrera loca por tener algo interesante que decir a diario, las liberan en los tableros, así desnuda incluso. Y entonce sse quedan sin nada. Y van a dormir y no tienen nada con que soñar.
Y a la mañana siguiente sucede lo mismo. Se vacían en los tableros... y el ciclo sigue, y de pronto un día se dan cuenta de que hace mucho que no crean nada, y se asustan pero ya no pueden salir.
Esos tableros son como coladeras.
De seguir así el pueblo entero será absorbido y nos iremos.
Ven a visitarme antes.
No me hice caso, un día desperté hecha nudo entre sábanas sudadas presintiendo lo peor si me dejaba llevar por mi inconsciente.
Lo peor para mi sería perder paulatinamente la inteligencia racional de la que tanto nos vanagloriamos los hombres. No. Creo que peor que eso sería darme cuenta de esta pérdida.
Y ese miedo se sobrepuso al miedo que me da perder mi consciencia espiritual y el grado de elevación que en esta, que sospecho será de mis últimas vidas, vine a buscar.
Entonces llegué a la institución.
El edificio me impuso desde el primer momento, con sus altos muros de cemento, cemento puro, puro cemento, y los sótanos y los corredores...¡Cuánto frío en pleno verano!
En esos edificios podemos conservar lozanas nuestras pieles y nuestros cerebros.
No vine a hacer una descripción del instituto, de sus paredes frías, de sus sótanos y de sus gatos he hablado ya bastante.
Del maltrato, de las horas sin dormir, del mal comer.
Sucede que nos encontramos en pleno invierno, a la mitad de las vacaciones.
Las fiestas decembrinas están terminándose, yo las noto cada día más insípidas. Ha sido así desde que cumplí ocho años. Noté esa pérdida de flavor, paulatina, esa falta de valor. El susto que me llevé entonces es equivalente- creo yo- al susto que me llevaré cuando descubra que estoy perdiendo la memoria.
Las pesadillas volvieron, las dificultades para despertar de ellas ya me generaron una nueva paranoia: la de padecer el trastorno del terror nocturno, o el miedo a no despertar más y quedar en coma, como me lo dicen los fantasmas sepia de los sueños.
En el reino las cosas comenzaron a descascararse, a menudo las cosas parecen demasiado reales. De continuar así habrá que fumigar.
Aumenta el número de seres que pierden las esperanzas y las ilusiones.
Vacio. Vacuidad.
Como La Vacuidad de Ende consumiendo Fantasía.
Llegando al final del discurso sin sentido tengo que contarte que Leandro me ha enviado una carta, me disculpo sinceramente por no poder decir mucho más sobre lo que me ha consultado en ella, pero ha sido una confidencia con todas las letras y a una confidencia se le respeta al igual que a las mujeres.
Sus palabras y los hechos que antes te relato me hicieron reflexionar.
Puntualizo y enumero cuatro cosas que hay que considerar para entender la magnitud del problema:
1.- El universo se contiene a sí mismo, nosotros estamos contenidos en el universo, lo pensamos, nos crea y de este modo contenemos al universo. Pensamos. Nosotros pensamos. Diariamente tenemos una que otra ocurrencia, en sueños, en delirios, dormidos o despiertos tomamos del universo algún mensaje, nuestro cerebro descubre algo, nuestro espíritu siente, y entonces surge una idea. Es inherente a nosotros, viene sin esfuerzo y sin esfuerzo se va.
2.-Las ideas son poderosas, podrían ser materia si se lo propusieran, podrían transformar la materia, puesto que la materia sólo es una forma muy densa del conjunto de ideas que tiene el universo contenidas dentro de sí. Pensamos. Nosotros pensamos. Tenemos ideas.
A menudo una idea puede causarnos tanta inquietud, que es necesario escribirla para dejarla ir.
Lo has experimentado alguna vez.
Te ha pasado, sé que te gusta desahogar tus tristezas en los papeles, en las servilletas, en el cuadernito de forma francesa, o en cualquier material que admita tinta, o que se deje leer y que guardas en el cajón de la mesa de noche y a veces, irritándome, te atreves a dejarlos allí a la luz pública, acariciándolos y atesorándolos como si fueran literatura.
Quizá tu trabajo sea un mejor ejemplo. Habrías colapsado hace mucho si no hubieras acertado a tomar el consejo de mi esposo y comenzar a hacer listas de pendientes.
Nuestro inconsciente sabe que todas esas ideas están a salvo en otro lugar, y que pueden prescindir de tenerlas en las capas más superficiales de la mente. Esas capas a menudo se saturan y cuando lo hacen generan problemas. La gente se vuelve agresiva.
3.- Conocemos mucha gente prodigiosa.
Por mucho tiempo yo creí que las grandes obras y los grandes proyectos eran producto del ataque de una idea muy agresiva y luminosa. Que era como encontrarse en un cuarto oscuro y tener la suerte de ver que una estrella fugaz que cruza el universo de la mano del azar cae en ese mismo cuarto, iluminándolo todo.
Pasa el tiempo y observo más cosas.
Ahora soy de la opinión de que no basta con que caigan del cielo estrellas fugaces luminosas, sino que estas estrellas fugaces deben ser como semillas, y que estas semillas deben encontrarse viables, prestas a germinar.
Trillado: las grandes cosas empiezan por algo pequeño. Los grandes robles fueron semillas primero.
Las ideas deben madurar antes de convertirse en una obra maestra, en un gran proyecto, en un descubrimiento científico.
4.- Los hábitos. Pueden generarse cuando uno repite la misma acción cierto número de veces. Son modificables. Casi nadie lo sabe, y del puñado que presumimos de saberlo, lo refundimos en lo más hondo del conocimiento y lo sacamos a que le de el aire sólo al sentir la necesidad de presumirlo.
Ahora, creo que todo comenzó cuando se aprobó la Reforma Comunicacional de las pizarras y Tableros.
Sé que donde te encuentras ahora, la reforma no fue aprobada por aquello de la arena. Las tormentas de arena no lo hubieran permitido ¡y a buena hora !
La ciudad ya no es hermosa, está llena de tableros retacados hasta el último centímetro cuadrado de anuncios, panfletos y demás materiales entintados, o que pueden leerse. Voltear a cualquier lado deja una sensación de desorden que deprime.
Hasta el cielo se ha ensuciado con tanta y tantísima tinta, y en el primer chubasco, todos los colores se mezclaron y ahora no hay siquiera nubes blancas. Todo es del mismo color gris acero.
Y entonces los pájaros y las mariposas y otros animales voladores se contaminaron también con la tinta, y las flores que crecen en las macetas y en las jardineras.
Nuestros ánimos son grises también, grises las lágrimas y grises los sueños.
Y esque este es el problema:
La gente está tan gris que muere por sentirse importante y entonces va y pega algo a diario, en busca de un amigo o anunciando alguna fiesta a la que invitar desconocidos para beber y hacerse amigos.
Algunas personas comenzaron a ser reconocidas, algunas letras, algunas palabras. Entonces se volvieron "populares", populares de tablero o populares de pizarra.
Y estas personas sintieron la necesidad de tener algo que decirles a estas personas que ya los reconocen y llaman a sus puertas y a sus teléfonos portables.
Y la necesidad se hizo jornalera y más tarde horaria.
Necesidad, necesidad de seguir siendo interesante a los demás, de seguir siendo reconocido por el tono de sus letras, por su redondez o por su agudeza.
Hay incluso algunos que pregonan haber abierto los ojos al mundo verdadero. Ellos celebran fiestas clandestinas donde adoran al universo de una forma que creen única y original. Ellos "ven con otros ojos", ellos critican al grueso de la población feliz que se dedica a ir a fiestas y hacer amigos, que enciende el televisor en la mañana y en la tarde y en la noche y bebe café con pan antes de irse al trabajo, ajeno a las cuestiones del espíritu universal.
Luego de sus celebraciones se retiran a sus casas a rumiar a algún rincón suavemente iluminado, y a sentir un dolor indescriptible, como creen que nadie es capaz de sentir, y entonces sacan su libreta y escriben... y el resto es historia vieja. La literatura-de-cajon-de-mesa-de-noche.
Regresando a los necesitados de reconocimiento digo que esas ideas chiquitas que llegan a todos nosotros son las principales víctimas de esta enfermedad. Son ideas pequeñitas, recién nacidas, brillantes, perfumadas, jóvenes y atractivas por la adrenalina que produce encontrarlas, por las ansias que surgen al descubrirlas jugueteando en la cabeza y el deseo ferviente de verlas madurar. Pero en las mentes de los afectados por esta nueva patología estas ideas mueren sin llegar jamás a convertirse en una gran oba o un gran proyecto.
En su carrera loca por tener algo interesante que decir a diario, las liberan en los tableros, así desnuda incluso. Y entonce sse quedan sin nada. Y van a dormir y no tienen nada con que soñar.
Y a la mañana siguiente sucede lo mismo. Se vacían en los tableros... y el ciclo sigue, y de pronto un día se dan cuenta de que hace mucho que no crean nada, y se asustan pero ya no pueden salir.
Esos tableros son como coladeras.
De seguir así el pueblo entero será absorbido y nos iremos.
Ven a visitarme antes.
martes, 25 de diciembre de 2012
LaTeX
Sólo probando que funcione, quizá presumiendo también.
Nadamás quiero llenar de letrerío para verlo y sentirme un poco menos inútil.
Me regalo el momento.
Hago mi gloria, yo solita.
\documentclass[a4paper,10pt]{article}
\usepackage[utf8x]{inputenc}
\usepackage{graphics}
\usepackage{colortbl}
%opening
\title{De cuando quise ser root y olvidé cómo terminalear}
\author{Mo}
\begin{document}
\maketitle
\begin{abstract}
Mis límites se encuentran cada vez más cerca de mí y más lejos del mundo.
Eso soñé anoche. Y eso me dijeron al soñar. Quise ser root esta mañana y
descubrí que ya no recuerdo cómo. (Aquí dejé un espacio, uno solo, un solo golpe
de ``enter'', y efectivamente, no hubo algún salto de línea)
La peor parte es el hambre. Mi mamá me dijo que comiera antes de entrar a la
sala de máquinas pero no tuve el hambre suficiente, o el valor suficiente. Mi
estómago cruje. Quiero ver cómo divide: Ferrocarrilero, supercalifragilístico.
(Doy doble entrada)
El olvido nació en ENCB.
\end{abstract}
\section{Primeros rugidos}
Comenzaron a eso de las ocho y media de la mañana, en el círculo bomba de los
gatos.
Noche no me quiso ver, abrió sus ojotes con espanto al ver que me acercaba y a
los cinco minutos dábamos vueltas alrededor de la bomba, él delante mío y yo
detrás pisando las hojas.
Buscaba a su madre.
Esta ilustración, que, sin ser mía,da idea de ella. Ilustración \ref{fig:1}
\begin{figure}[h!]
\centering
\includegraphics{./B.png}
% B.png: 336x422 pixel, 393dpi, 2.17x2.73 cm, bb=0 0 62 77
\caption{La que nos gobierna}
\label{fig:1}
\end{figure}
\section{Rugidos subsecuentes}
Los siguientes vinieron a las nueve y media, al encontrar a los ETSianos. no
supe qué hacer ni qué sentir para hacerlos sentir mejor con respecto a sus
situaciones escolares. Que están reprobados lo están. Y que será muy difícil lo
que sigue también es verdad.
\subsection{Los que venían de la cavidad abdominal}
Hambre y nervios, hambre o nervios. Se parecen.
\subsection{Los que venían de las articulaciones}
Del crujido de manos, codos, piernas y pies.
\section{Montando en cólera}
Monto en cólera por aquellos que no ven más allá de su nariz, que utilizan la
literatura de cajón-de-mesa-de-noche como literatura universal.
Monto en cólera por el recién nacido que quiso venitr a enjuiciar a su reina,
aquella que le dio la vida, que lo hizo consciente de su condición.
Encuentra en el silencio el pecado contra la veracidad. Condena todo lo que no
entiende. Por eso monto en cólera y lo maldigo, ni suave ni duramente.
\begin{figure}[h!]
\centering
\includegraphics{./env.jpg}
% env.jpg: 318x212 pixel, 72dpi, 11.22x7.48 cm, bb=
\caption{Ni suave ni duramente}
\label{fig:2}
\end{figure}
\section{Pesadillas}
Varias noches sin sueños resultan del ocio cerebral. Pesadillas color sepia,
azul marino y escala de grises sustituyen los números o los nombres de
microfauna.
En el momento del despertar se divisa el camino al coma.
Es la hebra fina de la elección, del coraje, de la decisión. Es el instante en
el que se aprecia el grosor de la cuerda de anclaje a este mundo. La cuerda que
la muerte corta de tajo con una hoz pesada cuando ha llegado la hora.
Hay lágrimas sobre la almohada y mi madre lo contempla todo con
despreocupación.
{%
\newcommand{\mc}[3]{\multicolumn{#1}{#2}{#3}}
\definecolor{tcC}{rgb}{0.592157,0.592157,0.592157}
\definecolor{tcA}{rgb}{0.345098,0.294118,0.258824}
\definecolor{tcB}{rgb}{0.301961,0.34902,0.501961}
\begin{table}[htp]
\centering
\begin{tabular}{|l|l|l|}
% use packages: color,colortbl
\mc{1}{>{\columncolor{tcA}}l}{×} & \mc{1}{>{\columncolor{tcB}}l}{×} &
\mc{1}{>{\columncolor{tcC}}l}{×}\\
\end{tabular}
\caption{Colores de los sueños}
\label{tab:2}
\end{table}
}%
\subsubsection*{}
La que sigue es una tabla sencilla. Sin colores, es para jugar al gato.
\begin{table}[htp]
\centering
\begin{tabular}{|c|c|l|}
\cline {1-3}
1 & 2 & 3\\
\cline {1-3}
4 & 5 & 6\\
\cline {1-3}
7 & 8 & 9\\
\cline {1-3}
\end{tabular}
\caption{Gato con gatos}
\label{tab:gato}
\end{table}
\section{Mancha, tintura}
``Deseo, a veces deseo desaparecer''
Es el colmo del regaño.
\begin{center}
\begin{tabular}{|l|l|l|}
\cline {1-3}
Mancha1 & Mancha2 & Macha3\\
\cline {1-3}
& × & ×\\
\cline {1-3}
× & × & ×\\
\cline {1-3}
\end{tabular}
\end{center}
\section{Citas}
Hay que buscar en google bibliographystyle para las formas de la cita.
Aquí usamos plein y alpha, http://sites.stat.psu.edu/~surajit/present/bib.htm
Primer artículo
\cite{cita1}
Segundo artículo
\cite{cita2}
Lehninger
\cite{cita3}
\bibliographystyle{alpha}
\bibliography{maestro}
\end{document}
sólo tú mo re, tú y uno que otro listillo querrán/ podrán asegurar que no me volví loca.
Si quisieran hacerlo.
Nadamás quiero llenar de letrerío para verlo y sentirme un poco menos inútil.
Me regalo el momento.
Hago mi gloria, yo solita.
\documentclass[a4paper,10pt]{article}
\usepackage[utf8x]{inputenc}
\usepackage{graphics}
\usepackage{colortbl}
%opening
\title{De cuando quise ser root y olvidé cómo terminalear}
\author{Mo}
\begin{document}
\maketitle
\begin{abstract}
Mis límites se encuentran cada vez más cerca de mí y más lejos del mundo.
Eso soñé anoche. Y eso me dijeron al soñar. Quise ser root esta mañana y
descubrí que ya no recuerdo cómo. (Aquí dejé un espacio, uno solo, un solo golpe
de ``enter'', y efectivamente, no hubo algún salto de línea)
La peor parte es el hambre. Mi mamá me dijo que comiera antes de entrar a la
sala de máquinas pero no tuve el hambre suficiente, o el valor suficiente. Mi
estómago cruje. Quiero ver cómo divide: Ferrocarrilero, supercalifragilístico.
(Doy doble entrada)
El olvido nació en ENCB.
\end{abstract}
\section{Primeros rugidos}
Comenzaron a eso de las ocho y media de la mañana, en el círculo bomba de los
gatos.
Noche no me quiso ver, abrió sus ojotes con espanto al ver que me acercaba y a
los cinco minutos dábamos vueltas alrededor de la bomba, él delante mío y yo
detrás pisando las hojas.
Buscaba a su madre.
Esta ilustración, que, sin ser mía,da idea de ella. Ilustración \ref{fig:1}
\begin{figure}[h!]
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\includegraphics{./B.png}
% B.png: 336x422 pixel, 393dpi, 2.17x2.73 cm, bb=0 0 62 77
\caption{La que nos gobierna}
\label{fig:1}
\end{figure}
\section{Rugidos subsecuentes}
Los siguientes vinieron a las nueve y media, al encontrar a los ETSianos. no
supe qué hacer ni qué sentir para hacerlos sentir mejor con respecto a sus
situaciones escolares. Que están reprobados lo están. Y que será muy difícil lo
que sigue también es verdad.
\subsection{Los que venían de la cavidad abdominal}
Hambre y nervios, hambre o nervios. Se parecen.
\subsection{Los que venían de las articulaciones}
Del crujido de manos, codos, piernas y pies.
\section{Montando en cólera}
Monto en cólera por aquellos que no ven más allá de su nariz, que utilizan la
literatura de cajón-de-mesa-de-noche como literatura universal.
Monto en cólera por el recién nacido que quiso venitr a enjuiciar a su reina,
aquella que le dio la vida, que lo hizo consciente de su condición.
Encuentra en el silencio el pecado contra la veracidad. Condena todo lo que no
entiende. Por eso monto en cólera y lo maldigo, ni suave ni duramente.
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\caption{Ni suave ni duramente}
\label{fig:2}
\end{figure}
\section{Pesadillas}
Varias noches sin sueños resultan del ocio cerebral. Pesadillas color sepia,
azul marino y escala de grises sustituyen los números o los nombres de
microfauna.
En el momento del despertar se divisa el camino al coma.
Es la hebra fina de la elección, del coraje, de la decisión. Es el instante en
el que se aprecia el grosor de la cuerda de anclaje a este mundo. La cuerda que
la muerte corta de tajo con una hoz pesada cuando ha llegado la hora.
Hay lágrimas sobre la almohada y mi madre lo contempla todo con
despreocupación.
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\caption{Colores de los sueños}
\label{tab:2}
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}%
\subsubsection*{}
La que sigue es una tabla sencilla. Sin colores, es para jugar al gato.
\begin{table}[htp]
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1 & 2 & 3\\
\cline {1-3}
4 & 5 & 6\\
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7 & 8 & 9\\
\cline {1-3}
\end{tabular}
\caption{Gato con gatos}
\label{tab:gato}
\end{table}
\section{Mancha, tintura}
``Deseo, a veces deseo desaparecer''
Es el colmo del regaño.
\begin{center}
\begin{tabular}{|l|l|l|}
\cline {1-3}
Mancha1 & Mancha2 & Macha3\\
\cline {1-3}
& × & ×\\
\cline {1-3}
× & × & ×\\
\cline {1-3}
\end{tabular}
\end{center}
\section{Citas}
Hay que buscar en google bibliographystyle para las formas de la cita.
Aquí usamos plein y alpha, http://sites.stat.psu.edu/~surajit/present/bib.htm
Primer artículo
\cite{cita1}
Segundo artículo
\cite{cita2}
Lehninger
\cite{cita3}
\bibliographystyle{alpha}
\bibliography{maestro}
\end{document}
sólo tú mo re, tú y uno que otro listillo querrán/ podrán asegurar que no me volví loca.
Si quisieran hacerlo.
miércoles, 15 de agosto de 2012
El arte de la queja
El arte de la queja es el punto de partida. Hablo de una sensación que después de tanto exprimirla, estudiarla, desmenuzarla en la gran mesa blanca, rosa o verde descosido (según el color de la sábana), me pareció digna de clasificarse como una epidemia, pero ahora creo que es el remanente de una adolescencia que no llegó a su término. Adolescencias hay muchas, pero las hay más del tipo tardío.
Saber que se ha tenido una adolescencia precoz será de gran ayuda para todo aquel que continúe leyendo, es decir, la idea de haber tenido una adolescencia precoz quizá le salve de aventar un zapato al monitor después de enterarse de que aquello que ha estado haciendo, junto con esa sensación no-epidémica, remanente de adolescencia tardía, vale menos que una hache aspirada.
Que es el punto de partida no lo niego, pero eso no le excentará de esa sensación de vergüenza si es que se atreve a releerse desde el inicio hasta la fecha.
"no encuentro la forma"" me siento mal" "he llegado hasta aquí"
"la tristeza inunda todos mis sentidos" "que estoy loco, dicen" "me doy cuenta que esta sociedad..."
Esa literatura de cajón-de-mesa-de-noche está retacada de frases como estas, pero la literatura-de-cajón-de-mesa-de-noche no tiene la culpa de ser tan pobre que de lástima, porque precisamente, su lugar dentro del cajón de la mesa de noche es junto a los narcóticos robados en cantidades industriales y los punzocortantes.
El hecho de que el cajón de la mesa de noche se constituya de esta manera es la clave del éxito de muchas vidas atormentadas: El cuadernillo forma francesa, las servilletas, hojas sueltas y papeles estraza, fases estacionarias de este tipo de literatura reaccionan con el contenido de la tinta, conformando una enzima inhibidora de la narcoticasa mortis. De esta manera, el metabolismo del atormentado permanece intacto.
La vida es así, puede ser así porque los humanos lo necesitamos.
sin embargo, proyectar esta necesidad más allá de los límites comprendidos entre la medianoche y la madrugada pueden ser los síntomas de la enfermedad del arte de la queja.
Los problemas se extrapolan y salpican a los amigos, a la familia, salpican y encharcan.
Las quejas inundan una vida y sus alrededores y el afectado corre por papeles absorbentes y por si esto fuera poco va y los pega, los postea, los remarca en la pizarra.
Quien tenga un poco de juicio los encontrará ridículos, porque la longitud de onda a la que absorben los compuestos de esa tinta literaria quejumbrosa solo aparece en la interfase entre dos días, vistos así al sol, no son más que las notas de un adolescente tardío que tiene la sensación de ser un gran escritor melancólico, un poeta de los de antes, un ser de alma oscura y pensamientos profundos.
Y hay quien lo piensa, se lo cree y porque tiene buena ortografía se siente con el derecho de vestirse color tinta todos los días (quizá para morir de cáncer de piel, quizá para hacer crecer su colección de pelusas) hace palidecer su rostro porque se ha hecho adicto a esas noches insomniales en las que las ideas nefastas pueden correr y hacer de las suyas.
Y entonces ¡oh señores!, el enfermo es todo un artista, admirado por el resto de los enfermos, comparado con los grandes por su gran exhibición de malditismo.
y la literatura-de-cajón-de-mesa-de-noche toma el control del resto de la literatura en determinado sector de la población y surgen nuevos héroes Trágicos, como vampiros que se enamoran de una humana torpe y frágil.
Ay, el arte de la queja nos está robando las buenas ideas.
El tardío va y piensa que las quejas de su vida y el descubrimiento de la parte oscura de su alma son esenciales para el consumo de sus semejantes, y entonces deshecha las buenas ideas sobre parques de diversiones, zoológicos y cines, de tardes de té, globos de colores, ranitas de estanque y hasta aventuras sexuales y deja que la queja lo abarque y se lo coma entero.
Quejones bípedos.
Me quejo de ellos. Estoy harta de verlos por todos lados.
Me siento identificada.
me quiero morir.
domingo, 3 de junio de 2012
Hemos vuelto para quedarnos
Llevo tiempo pensando que te encontré para asentar mi vida sobre pilares más estables y que llegó el momento de tejer la madeja de destino que me entregaron antes de enviarme a la Tierra.
Sabía que la traía descansando en la maleta, desde siempre lo supe, pero había sido necia, me había negado a tejer.
Hay una dosis que nadie me dio, y que vine a encontrar en ti, como si fueras monumento. Todos tus movimientos son funciones continuas disfrazadas de funciones discretas. Ponerle freno a mi desenfreno parecía una tarea que ni el tiempo... Darme tranquilidad y paz espiritual, y un colchón de plumas de avestruz a mi monstruoso corazón.
Somos como dos representantes del destino, somos el símbolo viviente de que un simple tirón al tiempoespacio podría desmoronar naciones.
Tus cinco minutos de sangronada nacidos de la desconexión temporal de tu eterno deseo de pasar desapercibido y mis cinco minutos de intolerancia hacia los que osaran desafiar mi ego adolescente nos hicieron caer en la más honda de las espirales del azar. Y mi inexperiencia, mi deseo de conquista, de dominar al mundo me animaron a romper las barreras de lo prudente, de aquello que las madres, desde nuestros hogares, marcan como la ley No. 1 de la organización Internacional de la Decencia y la Seguridad Infantil y Adolescente: no hables jamás con extraños.
Y mi terquedad, mis ganas de probar que ya no era una niña me impulsaron a aceptar quedar con un completo desconocido, millones de veces mayor que yo.
Y no me cansaré de ver en ese álbum fotográfico de recuerdos. De mirar las bandas amarillas de las paredes, la tortuga en la vitrna y la playera azul.
También parecías haberte cortado el cabello hacía muy poco.
Me gusta imaginar incluso que lo hiciste para no parecer tan viejo que me dieras miedo y aventurando en mis suposiciones pretenciosas de siempre (más que recordando realmente) podría decir que seguramente poca barba y nada de bigote traías.
Y cada que me place también, meto a la sala de análisis esa expresión tuya, la primera expresión que te arranqué de la cara (que espero y no haya sido una actuación de esas que te salen de adentro cada que recuerdas que no has entrado a una compañía de teatro por mera desidia).
Fue la expresión más rara que alguien había puesto jamás al verme y si no salí corriendo fue por no hacerle un gancho a mi orgullo. ¡Por dios! Si hasta me puse el suéter de terciopelo rojo con el que pretendo llamar la atención y lucir como si me hubieran arrancado a la fuerza de mi trono en el siglo XIII para llegar hasta nuestros días a ser menos que una mexicana promedio.
De pocas cosas me acuerdo, y me gustaría que me ayudaras a recordar.
Conservo en alguna de mis miles de cajitas adornadas, la figurilla de papel azul que me diste por mis dieciséis años, y recuerdo también la expresión suplicante de tus ojos, no sé por qué decidiste dibujarla así, pero allí estaba, no lo olvido.
No olvido aquel celular negro con plateado en el que te pareció quizá gracioso grabar mi forma escandalosa de reír, o las galletas de cajeta, o que la temperatura de tu cuerpo siempre parecía rebasar los 37 º C.
Llevo meses pensando que encontré en ti los cimientos de mi vida.
En aquel tiempo, en la era de la primera muerte, existió tu primer relato, surgió de mi necesidad de sentir que alguien velaría mi ausencia, alguien con poco interés en mí pero con mucho amor en el pecho.
Y en esas “Luces” apareces como un viajero que toma en sus manos una antorcha para iluminarme el camino al descanso eterno.
No estoy segura de cómo es que te veía entonces, y el dibujo en donde podría leerlo ya no está por aquí, no sé si lo conserves tú, no sé si se lo llevó el viento, o si lo disolvió nuestro veneno.
Me conocí entonces y por ello puedo decir que seguramente para mí representabas más que una posibilidad de aventura y experiencia y también he de confesarte que no podía entender qué tenías que me causaba tanta fascinación.
Podía haber sido la mezcla de tus movimientos, la forma en la que miras, o ese afán tuyo por beberte hasta la última gota de lo que comes, de lo que escuchas, de lo que miras, de disfrutar hasta la última nanopartícula de aquello que pasa por tu vida. O quizá esa costumbre que adivinaba sin definición alguna, de no sufrir más de lo necesario, gracias a un sistema inhibitorio que segrega algún neurotransmisor eficientísimo, del que yo carezco, y que te permite neutralizar monoaminooxidasas indeseables, o algo bioquímicamente por el estilo.
Sea como sea y haya sido como haya sido, no iba a permitir que lo supieras, por tu atrevimiento a ser lo que yo no esperaba que fueras.
También resultaba casi imposible abatirte con garrotes de conocimiento, porque tienes tal desfachatez para admitir que no sabes lo que no sabes que hasta las armas se detienen a pedirte disculpas. Tu alma rebosa justicia y proclama libertad de ser.
Eres insoportable.
Por eso llevo meses pensando que eres ese que buscaba mi vida. Y yo que siempre fui una egoísta sin remedio en presencia o en ausencia de demonios, empecé a sentir mucha sed de tu capacidad de darte a ti mismo en sacrificio.
¿No lo sabías?
Piensas que nunca sacrificas nada, pero para la mayoría de las personas, como somos egoístas y desconsideradas, tu forma de ser es un delito.
Tienes una especie de berrinche en pro del hedonismo porque eres 90% sangre de cordero.
Y es que tienes que saber una cosa. A mi amor sólo lo dominan los detalles, y los detalles envinados en sangre de corazón aseguran la lealtad de un amor tan tosco y primitivo como el mío.
Me gusta que me hagas la guerra, y me gusta que termines por dominar, sólo probando que eres capaz tienes mi corazón a tu disposición.
Y en aquel entonces vi tus sacrificios mudos y desde entonces los venero.
Cuando me atreví a enfrentarme a tu corazón reconocí lo mucho que vale.
Y las cosas pasaron, se sucedió el tiempo, y yo necesité ofrecerte en sacrificio y lo hice, y luego nos odiamos, y luego en el fondo quizá nos amábamos.
Tampoco recuerdo exactamente cómo es que llegamos al paraíso espiritual del Bosque de Chapultepec, con sus árboles muertos por falta de fe.
No me acuerdo si había sol o si casi nos llovizna encima, pero me acuerdo que mis sentidos comenzaron a demandar lo que nunca, cuando todo lo que había vivido hasta entonces de manera sensorial había sido producto de la curiosidad y la búsqueda de respuestas, esta sensación, cálida, roja, volcánica, había venido de algún sitio en las capas más internas de la piel, había llamado la sangre, la humanidad gritaba en las puertas de mi consciencia. Encerrábala para disponerse a vivir.
Y así, en un cataclismo que duró días, entre los temblores de la tierra de mi vientre que estaba disponiéndose apenas a la vida, llegamos más allá del Cerro de la Estrella, allá lejos, lejísmos de todo lo que yo conocía.
Y me encerraste simbólicamente, y de igual forma me di cuenta que aquél era otro de los puntos sin retorno que habría de recordar hasta el día de mi última inhalación, que marcaron mi historia, que me araron la piel del alma y del corazón de una forma irreversible, y yo estaba allí en la cima de aquella casa, en su punto más alto.
Mi energía Potencial era la máxima en ese espacio, considerando que como ser humano, no se me concedió la capacidad de la levitación.
Y recuerdo el miedo que sentí al verme desnuda, y recuerdo también que el miedo cesaba solamente en el área del cuerpo que alanzaban a cubrir por momentos tus manos calientitas.
Aún no comenzaban los relatos de 1990, seguían escondidos en ese misterio que era para mí tu vida, lo único que importaba al vernos era siempre el momento.
Dicen por allí que es fácil generar un hábito partir de la repetición consecutiva y puntual de algún hecho, y es verdad. Estaba aprendiendo a disfrutar lo que hay sin sufrir por lo que no hay. Y ese hábito, esa paz del alma me la diste tú.
Y me hiciste sentirme hermosa, lo que nunca, tanto que regresamos una vez más a las ciudades construídas sobre fallas y placas tectónicas, me llevaste al primer sitio de mi vida donde iba a perder el nombre, la identidad, el tiempo con sus horas y la inmadurez color carmín.
Y usé una falda muy vieja, que era de mi madre, larga, negra con azul, de tablas. Y una blusa negra de cuello en V.
Y mi labial de betabel con el que simulé una sangre falsa para la llave de la puerta, para sellar aquella ceremonia.
Y siguieron pasando los días.
Y después cuando me di cuenta que todo se persigue a partir de la felicidad y no la felicidad a partir de todo, decidí que te amaría y que no tenías por qué saberlo.
Pero hoy llevo meses pensando que nunca había sido tan feliz, sintiéndome amada y sintiendo amor. Imaginando la vida como es la vida, con tu sonrisa esperándome donde sea que nos encontremos.
Un tiempo estuve disfrutando de la felicidad en ese viaje fuera del Palacio, contigo, reponiéndome, curándome de ese pasado tan turbulento de adolescencia. Y ayer, en el sitio sin nombre, sin patria y sin tiempo, volví a mirar el Palacio.
Hemos vuelto a casa.
Hemos vuelto para quedarnos.
“Y cuando veo tus manos guardando las cosas en tu mochila me dan ganas de ser ordenada”
Cuéntame tú.
Cuéntame el mismo cuento.
Sabía que la traía descansando en la maleta, desde siempre lo supe, pero había sido necia, me había negado a tejer.
Hay una dosis que nadie me dio, y que vine a encontrar en ti, como si fueras monumento. Todos tus movimientos son funciones continuas disfrazadas de funciones discretas. Ponerle freno a mi desenfreno parecía una tarea que ni el tiempo... Darme tranquilidad y paz espiritual, y un colchón de plumas de avestruz a mi monstruoso corazón.
Somos como dos representantes del destino, somos el símbolo viviente de que un simple tirón al tiempoespacio podría desmoronar naciones.
Tus cinco minutos de sangronada nacidos de la desconexión temporal de tu eterno deseo de pasar desapercibido y mis cinco minutos de intolerancia hacia los que osaran desafiar mi ego adolescente nos hicieron caer en la más honda de las espirales del azar. Y mi inexperiencia, mi deseo de conquista, de dominar al mundo me animaron a romper las barreras de lo prudente, de aquello que las madres, desde nuestros hogares, marcan como la ley No. 1 de la organización Internacional de la Decencia y la Seguridad Infantil y Adolescente: no hables jamás con extraños.
Y mi terquedad, mis ganas de probar que ya no era una niña me impulsaron a aceptar quedar con un completo desconocido, millones de veces mayor que yo.
Y no me cansaré de ver en ese álbum fotográfico de recuerdos. De mirar las bandas amarillas de las paredes, la tortuga en la vitrna y la playera azul.
También parecías haberte cortado el cabello hacía muy poco.
Me gusta imaginar incluso que lo hiciste para no parecer tan viejo que me dieras miedo y aventurando en mis suposiciones pretenciosas de siempre (más que recordando realmente) podría decir que seguramente poca barba y nada de bigote traías.
Y cada que me place también, meto a la sala de análisis esa expresión tuya, la primera expresión que te arranqué de la cara (que espero y no haya sido una actuación de esas que te salen de adentro cada que recuerdas que no has entrado a una compañía de teatro por mera desidia).
Fue la expresión más rara que alguien había puesto jamás al verme y si no salí corriendo fue por no hacerle un gancho a mi orgullo. ¡Por dios! Si hasta me puse el suéter de terciopelo rojo con el que pretendo llamar la atención y lucir como si me hubieran arrancado a la fuerza de mi trono en el siglo XIII para llegar hasta nuestros días a ser menos que una mexicana promedio.
De pocas cosas me acuerdo, y me gustaría que me ayudaras a recordar.
Conservo en alguna de mis miles de cajitas adornadas, la figurilla de papel azul que me diste por mis dieciséis años, y recuerdo también la expresión suplicante de tus ojos, no sé por qué decidiste dibujarla así, pero allí estaba, no lo olvido.
No olvido aquel celular negro con plateado en el que te pareció quizá gracioso grabar mi forma escandalosa de reír, o las galletas de cajeta, o que la temperatura de tu cuerpo siempre parecía rebasar los 37 º C.
Llevo meses pensando que encontré en ti los cimientos de mi vida.
En aquel tiempo, en la era de la primera muerte, existió tu primer relato, surgió de mi necesidad de sentir que alguien velaría mi ausencia, alguien con poco interés en mí pero con mucho amor en el pecho.
Y en esas “Luces” apareces como un viajero que toma en sus manos una antorcha para iluminarme el camino al descanso eterno.
No estoy segura de cómo es que te veía entonces, y el dibujo en donde podría leerlo ya no está por aquí, no sé si lo conserves tú, no sé si se lo llevó el viento, o si lo disolvió nuestro veneno.
Me conocí entonces y por ello puedo decir que seguramente para mí representabas más que una posibilidad de aventura y experiencia y también he de confesarte que no podía entender qué tenías que me causaba tanta fascinación.
Podía haber sido la mezcla de tus movimientos, la forma en la que miras, o ese afán tuyo por beberte hasta la última gota de lo que comes, de lo que escuchas, de lo que miras, de disfrutar hasta la última nanopartícula de aquello que pasa por tu vida. O quizá esa costumbre que adivinaba sin definición alguna, de no sufrir más de lo necesario, gracias a un sistema inhibitorio que segrega algún neurotransmisor eficientísimo, del que yo carezco, y que te permite neutralizar monoaminooxidasas indeseables, o algo bioquímicamente por el estilo.
Sea como sea y haya sido como haya sido, no iba a permitir que lo supieras, por tu atrevimiento a ser lo que yo no esperaba que fueras.
También resultaba casi imposible abatirte con garrotes de conocimiento, porque tienes tal desfachatez para admitir que no sabes lo que no sabes que hasta las armas se detienen a pedirte disculpas. Tu alma rebosa justicia y proclama libertad de ser.
Eres insoportable.
Por eso llevo meses pensando que eres ese que buscaba mi vida. Y yo que siempre fui una egoísta sin remedio en presencia o en ausencia de demonios, empecé a sentir mucha sed de tu capacidad de darte a ti mismo en sacrificio.
¿No lo sabías?
Piensas que nunca sacrificas nada, pero para la mayoría de las personas, como somos egoístas y desconsideradas, tu forma de ser es un delito.
Tienes una especie de berrinche en pro del hedonismo porque eres 90% sangre de cordero.
Y es que tienes que saber una cosa. A mi amor sólo lo dominan los detalles, y los detalles envinados en sangre de corazón aseguran la lealtad de un amor tan tosco y primitivo como el mío.
Me gusta que me hagas la guerra, y me gusta que termines por dominar, sólo probando que eres capaz tienes mi corazón a tu disposición.
Y en aquel entonces vi tus sacrificios mudos y desde entonces los venero.
Cuando me atreví a enfrentarme a tu corazón reconocí lo mucho que vale.
Y las cosas pasaron, se sucedió el tiempo, y yo necesité ofrecerte en sacrificio y lo hice, y luego nos odiamos, y luego en el fondo quizá nos amábamos.
Tampoco recuerdo exactamente cómo es que llegamos al paraíso espiritual del Bosque de Chapultepec, con sus árboles muertos por falta de fe.
No me acuerdo si había sol o si casi nos llovizna encima, pero me acuerdo que mis sentidos comenzaron a demandar lo que nunca, cuando todo lo que había vivido hasta entonces de manera sensorial había sido producto de la curiosidad y la búsqueda de respuestas, esta sensación, cálida, roja, volcánica, había venido de algún sitio en las capas más internas de la piel, había llamado la sangre, la humanidad gritaba en las puertas de mi consciencia. Encerrábala para disponerse a vivir.
Y así, en un cataclismo que duró días, entre los temblores de la tierra de mi vientre que estaba disponiéndose apenas a la vida, llegamos más allá del Cerro de la Estrella, allá lejos, lejísmos de todo lo que yo conocía.
Y me encerraste simbólicamente, y de igual forma me di cuenta que aquél era otro de los puntos sin retorno que habría de recordar hasta el día de mi última inhalación, que marcaron mi historia, que me araron la piel del alma y del corazón de una forma irreversible, y yo estaba allí en la cima de aquella casa, en su punto más alto.
Mi energía Potencial era la máxima en ese espacio, considerando que como ser humano, no se me concedió la capacidad de la levitación.
Y recuerdo el miedo que sentí al verme desnuda, y recuerdo también que el miedo cesaba solamente en el área del cuerpo que alanzaban a cubrir por momentos tus manos calientitas.
Aún no comenzaban los relatos de 1990, seguían escondidos en ese misterio que era para mí tu vida, lo único que importaba al vernos era siempre el momento.
Dicen por allí que es fácil generar un hábito partir de la repetición consecutiva y puntual de algún hecho, y es verdad. Estaba aprendiendo a disfrutar lo que hay sin sufrir por lo que no hay. Y ese hábito, esa paz del alma me la diste tú.
Y me hiciste sentirme hermosa, lo que nunca, tanto que regresamos una vez más a las ciudades construídas sobre fallas y placas tectónicas, me llevaste al primer sitio de mi vida donde iba a perder el nombre, la identidad, el tiempo con sus horas y la inmadurez color carmín.
Y usé una falda muy vieja, que era de mi madre, larga, negra con azul, de tablas. Y una blusa negra de cuello en V.
Y mi labial de betabel con el que simulé una sangre falsa para la llave de la puerta, para sellar aquella ceremonia.
Y siguieron pasando los días.
Y después cuando me di cuenta que todo se persigue a partir de la felicidad y no la felicidad a partir de todo, decidí que te amaría y que no tenías por qué saberlo.
Pero hoy llevo meses pensando que nunca había sido tan feliz, sintiéndome amada y sintiendo amor. Imaginando la vida como es la vida, con tu sonrisa esperándome donde sea que nos encontremos.
Un tiempo estuve disfrutando de la felicidad en ese viaje fuera del Palacio, contigo, reponiéndome, curándome de ese pasado tan turbulento de adolescencia. Y ayer, en el sitio sin nombre, sin patria y sin tiempo, volví a mirar el Palacio.
Hemos vuelto a casa.
Hemos vuelto para quedarnos.
“Y cuando veo tus manos guardando las cosas en tu mochila me dan ganas de ser ordenada”
Cuéntame tú.
Cuéntame el mismo cuento.
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