Sobre la cama de ramitas y hojas secas, respiraba despacito, intentando llenar el hueco de la madriguera con el calor que le salía por la nariz. Se había ido a refugiar en cuanto olió al frío acercarse, ya venía deslizándose por la falda de las montañas, al norte del bosque.
Dolía respirar, sobre todo porque una enorme costra marrón le cruzaba el pecho, a la altura del corazón. Una espina se había clavado allí y la herida sangraba de vez en cuando, y ahora, el frío pesaba como un ladrillo sobre las costillas. Ya se confundía el escalofrío del corazón con aquella respuesta del pelaje al cambio de temperatura. Ahora todos los dolores eran la misma cosa. El corazón iba a cristalizar, hasta que la primavera volviera.
Él asomó la nariz en la madriguera, y la miró inexpresivamente, ahora que el invierno había llegado, era momento de ser condescendiente. Ella quería decirle que el sueño se la llevaría pronto, pero la herida le quitaba las fuerzas, los ojos comenzaban a pesar y se le descolgaban por las mejillas como una luvia tibia que no tardaba en helarse como todo lo demás. El corazón luchaba por latir, pero fallaría.
Él no se daría cuenta a tiempo. Nunca se daba cuenta a tiempo, y esta vez el tiempo se había terminado por fin.
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