Según los egipcios el Ka es la fuerza vital, una de las partes componentes del ser humano.
Pero es aún más difícil de soportar la asfixia por desesperación e impotencia de tener que contemplar desde aquí mi rostro desencajado y las oscuras y apagadas pupilas perdidas en un punto no muy lejano a donde “yo” me encuentro.
Observo con ternura el cómodo lecho color carmín que a borbotones mi propio cuerpo preparó alrededor mío: ¡Si tan solo me hubieras mordido antes, realmente la hubiera bebido toda! Ahora es solo peligrosamente atrayente para “Él”.
No estoy asustada, solamente tengo frío, he desafiado a Maat y supongo que en el juicio del chacal la balanza inclinará poco a poco su peso.
Espero que sea silencioso: no soportaría el chirrido del metal y las cadenas resbalando hacia un lado oscilantes, mientras el miedo va invadiendo lo que queda de mi ser incompleto, el cuerpo separado de su alma y de su consciencia.
Sé lo que ocurrirá, o por lo menos puedo imaginarlo: la pluma bailará sobre uno de los platillos y mi corazón será arrancado del otro, donde previamente reposaba soltando licor de rubí, derrotado por su propio peso e indigno de viajar conmigo hasta el reino de los muertos.
Una vez deshonrado ante el jurado, será arrojado a las bestias y devorado.
Antes de pensar en eso y angustiarme realmente me gustaría observar primero si me está permitido reflejarme en las aguas de mi lago, seguramente por última vez.
Mi espíritu se disuelve y mi imagen ya es muy difusa, por eso necesito ir al único cuerpo de agua que está hecho de mí misma, mi lago en el palacio porque quiero duplicarla, como la gran Keops en las aguas del Insolente, el Gran Nilo, que va contra todo orden y corre de Sur a Norte a diferencia de sus hermanos y que con ello ha logrado que su secreto no se pierda y siga embrujando el misterio, porque es precisamente el mismo deseo de tantas almas sobre el planeta de develarlo lo que le ha mantenido con vida; aún no ha sido entregado a los hombres y devorado por los curiosos (u “hombres de ciencia” como ellos mismos se hacen llamar), apresado después por las tinieblas de Seth, y muerto por el morbo y la consecuente indiferencia a lo que ya se conoce.
Este pensamiento me consuela, me reconforta y me da fuerzas. Ahora tengo una pequeña esperanza. Sin embargo aún me queda algo por hacer y tengo poco tiempo, tan—poco—tiempo.
Esta noche iré por ti a través de esta cortina de luces que alimentan mi ya muy vaporoso “yo”, como la aurora Boreal Adorna su espacio sobre un piso cubierto de hielo… ¡que frío!
Mientras ondulo en medio de las hijas del Viento busco un problema, uno último para tener un motivo para no partir aún.
Una lágrima como nunca las había conocido se escurre lentamente, también ella se está vaporizando pero es tan ajena a los sentidos como la brisa, tan sutil y delicada, casi insensible, de esas cosas que solo sabes que están allí pero que no puedes verlas.
¡No quiero partir!, comienza a invadirme una sensación extraña, el debate entre la paz de la muerte, y la desesperación de aferrarme a la vida, una flechita de cerbatana empapada en arrepentimiento lucha por penetrar en mí. Pero tengo que olvidarme de la vida para no perderme en el camino hacia el otro reino.
Es bien sabido que aquel que se arrepiente en el momento inadecuado se queda congelado.
Ya oigo las voces huecas de aquellos que esperan darse un festín con los retazos de la historia que uno de ellos inventó pretendiendo explicar al mundo el como llegué a ser lo que ahora soy.
También logro entrever el lugar donde los jueces ya me esperan sentados con sus figuras altas sin rostro en aquel plano a donde iré a parar en unos momentos, ya es demasiado tarde para dar marcha atrás.
Un par de humanos inconscientes que se encuentran haciendo de mí una buena fotografía para la nota roja de la mañana. Intento suspirar sin aire, al fin eso ya no importa,
Ahora tú amor mío prepárate por que voy en camino, quiero ver dentro de tu mirada una vez más. Necesito encontrar un motivo por el cual hubiese sido mejor olvidar los sentimientos amargos que me hicieron desistir, ver por qué creí perdido lo que había venido buscando durante tantos siglos.
Sé que aunque lo encuentre es ya demasiado tarde y aún así deseo hacerlo, que tus pupilas me regalen un último destello, un destello brillante, un destello de luz que me dé fuerza para hablar con la claridad que necesito para rogarle a mi Dios que tome mi esencia entre sus brazos, que me perdone y me acoja en su reino, que me dé una nueva oportunidad para iniciar un nuevo viaje, te prometo que si el destino lo quiere así te volveré a ver dentro de algunos años, pero entonces no te dejaré marchar.
Por ahora, en esta “vida” tal vez puedas borrarme de tus memorias.
A cada momento yo me extiendo cada vez más y más, al pasar enfrente de tu ventana me doy cuanta de que he perdido por completo mi forma humana. La luna, que fue testigo de todo lo que aconteció durante varias noches seguidas, la que decidió susurrarme cosas que deberé llevarme allá a donde voy, la que me confesó que lo intentara de nuevo en otro tiempo vino a verme desde la casa de Amón, tal vez quiere asegurarse de que cumpla con mi último cometido antes de partir ¿acaso tu corazón sintió mi ausencia y se lo pidió?
Cada noche yo podía observarla antes de que el sopor del sueño me envolviera, le hablaba con fervor preguntándole que es lo que había estado haciendo allí desde los inicios, cuántas historias se sabría, cuántas vidas había visto terminar y volver a empezar como el Ave Fénix.
Pero Ella nunca respondía, se aseguraba primero de que todo estuviera en paz y esperaba muy quieta que mi alma estuviera descuidada, y entonces ella hablaba, el problema era que pocas veces llegaba a recordar lo que decía durante el día, como si lo del día fuera un estricto país, y las cosas de la noche extranjeras e inadmisibles. Ahora en este estado tengo la seguridad de que dentro de unas horas obtendré las respuestas, porque allá donde voy, el día, la noche, el agua, el fuego, el viento, la tierra, todo es una sola cosa.
He llegado vida mía, levántate, que el dulce sueño no te intimide, abre tu ventana y observa la Luna, ella quiere ayudarme a decirte algo, estoy aquí puedes sentirme aquí afuera, las leyes de la vida sólo me permitirán entrar hasta donde estás tu si tú mismo me invitas a pasar, yo ya no pertenezco al reino de los vivos, por lo tanto las leyes de la vida ya no pueden hacer nada por mí, ya no estoy entre los tuyos.
Ven, siente como te envuelve más este sopor, lo último que le queda a mi forma de existencia, te regalo hasta la última gota de mi esencia con tal de que la guardes para que puedas reconocerme cuando nos volvamos a encontrar.
Los alientos de la noche acarician tus pulmones, ahora esa lágrima que sin razón aparente para ti corre por tu mejilla soy yo, yo susurrándote al oído todo lo que cuando pude no te dije, aquél “te amo” que tanto ansiabas escuchar y que nunca pude hacer pasar más allá de mi garganta.
Ahora tus sentidos me reciben con más nitidez. ¿Recuerdas nuestro sueño?
Aquel que hablaba de una vida juntos, de una felicidad eterna. Un sueño que por mi culpa queda incompleto hasta la próxima vida si nuestro Dios lo quiere así.
No puedo decir más, salvo que nunca hubiese sabido amar si no te hubiera encontrado. Fuiste dueño de todo lo que yo era, ahora me voy, tengo miedo.
Miedo de enfrentar el juicio, pero si no parto ahora no sobreviviré allá mucho más de lo que lo hice aquí. Si no consigo indulgencia volveré y te suplico que me dejes vivir en tu corte, llenaré cada noche tu cabeza de dulces pensamientos para que sueñes en paz, y calmaré la rabia de tu espíritu cuando estés intranquilo, no seré mucho más que un fino hilo de luz.
El último que la Luna me regaló por si lo necesito para el camino de regreso. Antes de eso, te juro que no volverás a pensarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario