-Maldita. Éste es mi corazón. ¡Mio! Duele.
Las sábanas se agitaban en la oscuridad, no había luna. Un par de pupilas dilatadas tanteaba el vacío.
Enredadas en un revoltijo de cabello e hilachos se crispaban manos desesperadas, como un par de insectos blancos. Las venas y las arterias hacían surcos en una piel demasiado frágil.
Las gotas de sudor enviciaban el aire, las almohadas se llenaban de sal.
Una idea vengativa vio la luz, y se escurrió hasta el suelo, trepó por la ventana y se lanzó hacia la noche.
Minutos después todo quedó en calma, y la criatura comenzó a respirar con un mejor ritmo. Poniendo atención se interceptaba el rumor de una risa queda y sulfúrica que encontraba la muerte en las paredes de piedra.
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Los primeros rayos de sol acababan de peinar el tejado del teatro, cuando un escándalo de tragedia contaminó los pasillos, escaleras y habitaciones.
Una mujer salió de una de ellas lanzando alaridos de auxilio y una docena de cabezas asomaron por los resquicios de las puertas contiguas.
Lo siguiente fue el correteo y el crujir del suelo de madera bajo los pies desnudos de los recién despiertos.
-¡Esquille! ¡Esquille! ¡No despierta! ¡Auxilio! ¡Alguien! ¡Esquille, ¿qué sucede?!
-¿Qué pasa mujer? ¿Que tiene Esquille?
La mujer escondió la cabeza en el pecho de un hombre corpulento, y se echó a llorar.
El tramoyista italiano salió de la habitación de Esquille y anunció:
-Parece que duerme, pero ¡Dios mío!, ha sido víctima del demonio. Se los dije: nada bueno sacaba de su aventura con ése...
-¡Calla hombre! El domador no tiene nada que ver, que alguien vaya y le avise. Llamen al médico, seguramente algo le ha caído mal.
Todos sabemos que lo que tú tienes en contra del domador es cuestión de honor. Ella te ha rechazado por amor a él.
-¡Ya lo creo que le ha caído mal algo! ¿Es que no has visto su cara? ¡El demonio mismo la ha desfigurado!
Tendida sobre la cama, con vidriosos ojos abiertos hacia el techo y la boca contorsionada en la más grotesca expresión de horror yacía Esquille. Sus manos estaban cruzadas sobre su cuello y la piel parecía estirada sobre el cráneo, cerosa y grisácea. Tenía los labios secos, era como si llevara días metida en una salmuera de la Casa de la Muerte.
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El médico sentenció:
-No hay signos de violencia, su corazón late débilmente. Respira, aunque a simple vista no se aprecie. ¿La chica era creyente?
-No lo sabemos, jamás habló de Dios, o de algún Santo.
- Podemos mantenerla viva, pero hay cosas que la medicina no puede explicar. Será mejor que llamen a un sacerdote. Hay algo más...
El médico desabotonó un poco el camisón de Esquille y dejó ver su cuello delgado y parte de su pecho. La exclamación de sorpresa fue general cuando quedó al descubierto, entre el hombro y la clavícula de la infeliz Esquille un hermoso escudo heráldico con las siglas S.T.
Nadie notó la palidez del domador al contemplarla escena. Solo él comprendía.
Salió sigilosamente del lugar y partió a toda prisa colina arriba. Encapuchado y cubriendo la tela fina de sus vestiduras con una larga toga negra.
En el camino se desprendió del dije que colgaba de su cuello hacía más de un año y lo arrojó lejos.
Al llegar ante el portón del gran edificio blanco un par de guardias le prohibieron la entrada.
El domador sacó una mano de la toga y mostró el anillo que llevaba en el anular de la mano izquierda.
Los guardias mostraron armas, y le dejaron pasar.
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Unos pisos más arriba saltó de la cama una joven temblorosa y empapada en sudor. Su pulso estaba agitado. Escuchó los pasos de su amado.
Estaba de nuevo en casa.
Se acercó al tocador y evitó mirarse en el espejo.
Solo se acicaló el cabello, se puso la bata y bajó a encontrarlo.
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El caballero de la toga negra se dirigió hacia el estudio. Encendió un par de luces y miró a su alrededor.
No tardó en encontrar lo que buscaba:
Sobre el escritorio reposaban un montón de papeles llenos de letras. La tinta estaba fresca, y la cera alrededor del pabilo de la vela más próxima estaba tibio todavía.
Tomó el primer papel y lo sobrevoló con la vista.
"...nadie que la conozca...pero nadie ve y no hay pruebas, la transmigración de un espíritu celoso es más que simple, me vestí con el rencor que envenena mi alma cada noche que mi amor decide no pasar la noche en mi lecho...pero la reina cumplió al pie de la letra con su arresto, ¡oh, amado mío! podrás detener mi cuerpo, pero mi alma es libre, y mi voluntad es grande...¡que la ley los ampare!¡vuélvanse locos buscando una explicación, que desde la tierra de los faraones mi maldición toma fuerza!..."
Detuvo el vuelo de sus pupilas sobre la lectura de un sobresalto: tras él una voz delgada lo llamaba por su nombre.
-Has vuelto. ¿Qué tal la presentación?
Él se limitó a mirarla. Sabía que había estado llorando, tenía arañazos por toda la cara y secciones de su rostro marcados con manchones de sangre seca. Se veía profundamente agotada, esto, lejos de conmoverle, acentuó el desprecio que sentía por ella.
Ella se acercó y le tomó las mejillas entre las manos pequeñas para besar su frente, acarició su cabello y fingió no notar la mirada gélida y venenosa que él le dedicaba.
-Conozco el motivo de tu silencio. Acabo de enterarme de lo que ocurrió. Es una pena. Bueno...
Acercando su aliento al oído del domador, susurró:
-La verdad amor mío, no siento ni tantita.
El se desprendió de ella como si fuera un harapo.
-¡Sé que tu lo hiciste! ¡Y no me importa como pero he de probarlo!
La joven sonrió, y avanzó hacia el con la cadencia de una garza, daba la impresión de que en cualquier momento las metáfisis del fémur iban a salirse de su sitio en la pelvis.
Era como una muñeca a la que se le obliga a caminar tomada del cuello. Atrapó la mirada de él y le dijo dulcemente:
-Inténtalo. Vuelve cuando termines. Estaré esperándote.
El domador salió del edificio, y al cruzar la puerta escuchó una voz a sus espaldas.
-Buenas tardes tenga, su majestad.
Él se volvió, curioso. No era posible que alguien le hubiera reconocido bajo la capucha, tenía que tratarse de alguien que le conocía muy bien. Pero quien estaba plantado tras él no era otro que aquel ilustre caballero que era la confianza total de la reina, y que aparecía solo a veces, cuando las cosas en su mundo no marchaban bien.
-Acérquese por favor.
El domador no pudo resistir la orden de aquella voz, tenía algo de fría y cálida al mismo tiempo. Un exceso de seguridad; una firmeza incomprensible. El hombre tendría unos cuarenta años y su semblante era absolutamente noble y templado.
-También yo estoy enterado, y al parecer solo nosotros dos sabemos quién lo hizo, pero le ruego que antes de juzgarla piense en lo que hizo usted para desatar a sus demonios.
Usted sabe perfectamente que mi querida niña es víctima de una terrible maldición, lleva una vida normal, ama, ríe, juega y corretea por los jardines como cualquier otra muchacha, pero usted no comprende, o más bien, no quiere comprender lo que sucede en su interior cada noche, o cada tarde sin luz solar. Sus demonios temen a la luz...
-Más bien creo que exagera. Aun así ¡¿Cómo pudo?!
-¿exagera eh...? Yo conozco su historia, sé que usted ha tenido que alimentar su espada con la sangre de muchos hombres malvados, sé que se ha visto de frente a la soledad, al hambre, ha estado expuesto a epidemias, guerras, hambrunas y demás pestes. Pero usted no conoce las pestes propias del alma, y mucho menos comprende que no desmerecen en gravedad a todas aquellas por las cuales usted ha pasado.
Usted, amigo, ha sobrevivido a todo aquello con toda su entereza, y con la espada en la mano, por que su ánimo jamás se ha visto afectado por algo interno. Si bien es cierto que ha pensado usted en caer preso de la locura en algún momento, lo ha sido por todos aquellos factores externos que han amenazado su integridad física y la armonía de su vida; no más. Pero imagine qué hubiera hecho si aparte de todo ello hubiera tenido que entrar al campo de batalla con el alma resquebrajada, un cuerpo que no responde de tanto temblar, los ánimos caídos y un montón de voces pútridas dentro de su mente. Voces que no sabe de donde vienen ni a donde van, y que lo único que hacen es confundirle y llenarle la cabeza de pensamientos nefastos. ¿A dónde cree que iría todo su valor? Peor aún ¿cree que es posible andar por la vida sin valor?
-No es lo mismo, ella podría salir de allí si tuviera suficiente voluntad.
-Y la tuvo. Hay una sola cosa en el universo capaz de infundir alientos de vida y animar incluso a las rocas. Se trata de la misma energía que nos trajo a todos aquí, dentro de esta mente colectiva, la que hace que todas las cosas se relacionen de una manera perfecta, aquello que une célula con célula y da lugar a los sueños.
Esa energía es igualmente capaz de mantener a raya a toda clase de demonios, porque quien se entrega a ella tiene el motivo más poderoso para omitir sus voces y luchar a favor de la luz.
Ella le amaba, aún lo hace. Pero su corazón se ha llenado de veneno por lo que habéis hecho, cuando el canal por el cual esa energía entra a ella se contamina, los demonios despiertan y lo destruyen todo. Una vez despiertos no hay marcha atrás, todo cae en picada. Lo único que podría salvarles es una infusión extra de amor por parte de usted, hablo de un sacrificio verdadero. ¿Sabe usted lo que es eso?
-¿Para qué sacrificarse si no hay nada que hacer?
- ¿Será posible? En ese caso le doy la razón a ella. Quien se entrega al amor no conoce el pesimismo, por lo que ya le he relatado, el amor neutraliza los demonios, el pesimismo es un demonio. Quien ama lucha a muerte. Usted no la ama, solo estaba a gusto por que si algo tiene es que sabe escuchar. Jamás se entregó a ella, y ella se entregó a usted. Sin embargo usted fue a los brazos de esa mujer.
-Pero eso no lo sabía ella, y Esquille no tenía la culpa de nada, no sabe quien soy.
-Mi niña lo sabe. Y sus demonios también.
-Imposible.
-Tan imposible como lo que sucedió anoche. ¿Verdad? y sin embargo su amante yace ahora en esa habitación del teatro. Ha subestimado a mi pequeña todo este tiempo. Ella intentó decírselo siempre, pero nunca le dio crédito. No es solo una enferma, la ha visto temblar, gritar, palidecer de pánico, por más que ella ha tratado de ocultarlo a sus ojos. Pero nada de ello le ha parecido prueba suficiente, ¿qué nunca le preocupó? ¿Nunca le pareció suficientemente extraño, o suficientemente grave verla amanecer empapada en sudor, sangrante, temblorosa? ¿Le parece eso normal?
-...No diré nada.
-Más aún. Sé que ella le hablaba de su mundo de espíritus. Ese mundo donde yo la encontré perdida. Le habló de los dioses, de los demonios y de las energías, de luz y tinieblas, de frío, de senderos. ¿Le puso atención alguna vez?
-Lo hice, siempre le pongo atención.
-Sería mejor que fuera sincero. Podría decir "Le puse la atención que para mí, merecía" Y yo le creería.
-No comprendo, me enferma. Ella me enferma.
-¿Por qué? ¿Por no confiar en quien le ha mentido siempre?, ¿quien la deja esperando horas en un lugar? Ella intentó entenderle y jamás se quejó. Se tragó todas sus preguntas.
Ella sabia que no todas las personas pueden pensar igual. Cada vez que es anunciado que usted volverá a casa, ella se levanta temprano y comienza a arreglarse con horas y horas de anticipación, al final, deja una hora de margen para esperarlo con un libro en la mano. Una hora en lo que ella se mete de lleno en la historia y se relaja. No le gusta recibirlo temblando.
Ella ha dicho siempre que cuando algo le interesa, está lista para ello antes que el destino se lo solicite. Llegó a pensar, en un principio que a usted no le interesaba, pero se obligó a si misma a recordar que tenía usted sus propios problemas.
-¿Sabes que tienes que hacer verdad?
Solo hay dos opciones. Se sacrifica usted, en un acto que le haga saber que ella es lo único que quiere en la vida, o le dice aquello que probablemente sea verdad: Que ama a esa mujer, que si no se lo dijo antes fue por que pensó que era un sentimiento pasajero y que no abandonaría todo lo que han construido por algo así. ¡Pero haga algo, por todos los diablos!
El domador regresó junto a la joven.
-Has vuelto querido.
-Tenemos que hablar.
___
Al volver junto al hombre de la puerta le preguntó:
-¿Que pasará ahora?
-Todo irá bien contigo. Ella no puede alzar la mano contra un hombre valiente.
-¿Qué pasará con ella?
-Eso es algo que no debes cuestionarte. No ofendas su memoria.
-Su... ¿memoria?
- Vete.
3 comentarios:
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Amo historias, y tus historias son muy buenas, pues son siempre un encuentro de lo hermoso con lo terrible, y de lo caritativo con lo trágico, sensei, siempre me sorprendes ^^, aunque no por eso puedo decir que me siento regocijado de leer esto... Te quiero sensei!!
Monin,¿me podrías dar un consejo para conseguir más seguidores en mis blogs?
Debería aprender de ti que tienes 24, jeje.
Chao.
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