Me llegó una carta que no entendí.
Abrí el sobre y me senté en el sillón a leerla, decía así:
"El túnel de los astros es un lugar sagrado, lo noto porque cada vez que mi vida gira bruscamente, que tengo que cortar mi cabello para que mi parte masculina me defienda, o que tengo que maquillarme las venas con lápices azules, regreso a ese lugar.
En el túnel de los Astros se escuchan voces, y música, y se ven caras, e imágenes de mundos en los que desearía vivir, o siquiera aparecerme un día.
En el túnel de los astros pensaba en ti.
Pensaba en que ha sido un error escucharla a ella, que ha sido un error dejar que controle incluso las válvulas de mis lágrimas, la sensibilidad de mi corazón.
Y ahora está todo perdido, porque no lloré frente a tí lo que debía ser llorado, y enjugado en tu perfume.
Lo llevé conmigo a casa y lo guardé en una de las cajas de cartón que tengo por costumbre coleccionar en torres al lado de mi cama. Lo guardé allí pero con la inundación se remojó el cartón y todo salió.
El piso húmedo fué un medio de cultivo propicio. El agua bajo mi cama se llevó mi alma un rato para permitir al demonio envenenarme otra vez.
No saben hacer otra cosa, a pesar del Mercurio que corre por mis venas desde la noche que morí por primera vez, no se alejan.
Has visto mi parte enferma y eso me pone muy triste, muy triste porque no encuentro la manera de remediarlo, de repararlo, curarlo, borrarlo.
Insisto: ojalá existiera un botón de "chekpoint"/"savegame"o similares en esta vida.
El tiempo disfruta hacerme cuna entre sus mantas, azotarme en la cabeza relojes de arena de todos tamaños y materiales, y cantar por las noches desde los quince altavoces con manecillas que reposan sobre las paredes y los muebles de mi casa.
Y yo lo siento alrededor de mi, me siento sumergida. Y ahora que sé que te vas, me siento asfixiada.
Y todo eso no salió ni por mi boca, ni por mis manos, ni por mis ojos que regularmente nunca me fallan.
Pero me dolió saber que nuevamente está en contra mía.
Llegué al altar principal del túnel de los astros, sola, como solía gustarme, y me di cuenta que esta vez me era odioso. Me había sido odioso varios de los días anteriores e incluso caí en la cuenta de que estando allí, no tenía ya ninguna certeza de llegar a destino alguno. Mis pies me condujeron fielmente a donde debían, como siempre.
Y sentí el temor que al día siguiente desaparecería antes de llegar a casa, o buscaría la manera de desaparecer.
Sentí ganas de toser, la tos estaba envenenada, podía sentir los coágulos metálicos endulzándome la lengua, agriamente.
Supe que venían de adentro, que habían pasado por la fisura en el esófago, y algo en el pecho se endurecía, formando aristas que se enterraban en la carne, se endurecía exotérmicamente, destilando vapores que al llegar a la nariz nublaban la vista, como una variante de las ganas de estornudar, o de bostezar, o de llorar, o todas las anteriores.
Y no me quería alarmar, pero creí que en aquel momento nada volvería a ir bien, que buscaría la forma de alimentar al huésped de la caja de cartón con destrucción, con muerte, con angustia. De engañarme para obligarme a pensar en que el resto de las personas tienen planeado hacerme daño. Y alejarme, alejarlos, emberrincharme, dolerme por fantasmas, mirar donde no hay.
Y si tú no me ayudas, se morirá otra vez.
Se morirá."
Y pensé en esa persona, y me pregunté si habría alguna forma de encontrarla.
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