sábado, 14 de mayo de 2011

Hero I


Eran malos tiempos en aquel reino que alguna vez se llamó S.T., la sequía estaba acabando con todo, había quienes creían que, tal cómo sucedía en "die unendliche Geschichte", la vacuidad estaba absorbiendo el corazón del Reino, y que tarde o temprano todos terminarían convertidos en mentiras, absorbidos hacia una realidad cruda y cruel, allá en el sitio donde habitan seres que también pensaron antes un país como Serena Tristeza y que lo destruyeron con su falta de fe.

La mujer con la corona de fuego y el corazón helado caminaba por el bazar, necesitaba algunas esencias para el jardín.  La sangre con que alimentaba las rosas ya no era suficientemente buena, puesto que ella no se estaba alimentando bien, los frutos del huerto se daban cada día más descoloridos, hasta las villas, las provincias, los bosques y los campos tenían todos un tono deslavado, como si una capa de polvo estuviera velando los colores.

La persona que los había pensado a todos estaba olvidándose de cuidar el lugar "donde las ruletas y los juegos de azar fabrican las ideas".

Se encontraba entre una multitud que marchaba casi cabizbaja, jorobada, incluso abatida,  haciendo las compras y desordenando las calles, a pesar de que los vendedores no tenían demasiada mercancía para vender, ni los compradores demasiado dinero para comprar. Parecía que el reino entero estuviera sumido en la escasez y la carencia tuviera en sus manos hasta las conversaciones de las personas, porque donde antes se oyera bullicio y ajetreo, ahora se alcanzaban a percibir apenas unos cuantos murmullos escupidos a regañadientes, y perceptiblemente malhumorados, tan  desanimados, flojos y sosos, que inducían al desánimo y el pesimismo.

"El cielo es tan gris..."

 De pronto, al alzar los ojos al cielo pudo notar una gran columna de humo violeta que salía de un edificio alto como una torre, octogonal. Las ventanas en forma de ojiva le daban la vuelta describiendo  sobre los muros amarillos  una espiral que ascendía hasta la punta, en donde se encontraba encajada una gran chimenea.
El edificio le llamaba la atención de cierta forma, que no pudo entender hasta después de unos minutos de intensa contemplación y análisis: buscando en su memoria un recuerdo que le tradujera el cuadro que tenía ante si, recordó el sueño de su otra vida, y se vio sentada en una estancia pequeña, llena de butacas frías, grises e incómodas, recordó el frío y el dolor de cabeza, los dedos morados y las minas de grafito enterradas en las uñas, la sangre con sudor, el ardor de piel, el dolor de espalda, la frustración y el fracaso y supo que de alguna manera, todas esas cosas habían llegado hasta allí por culpa suya, que seguramente y en una noche de descuido penetraron en sus sueños y se abrieron paso hasta la Serena Tristeza para contaminarlo todo.
S.T. siempre había sido su refugio, el sitio donde "ser", sin temer a nadie, el reino donde Voluntad gobierna de la mano de los sueños, donde el frío hace melodías, dibujos, pinturas o danzas, y el dolor alimenta al Bosque de las Historias.

Y ese edificio era la materialización en S.T. del vínculo con el exterior, el portal a la endemoniada realidad.
S.T. se caería en pedazos si no se detenía a tiempo.

La construcción tenía un aspecto terrorífico, solo mirarlo daba escalofríos. Un aura maligna giraba en espirales ascendentes hacia la atmósfera, caldeada, encenizada, violeta, gris, púrpura, negra de vacío.

Allí en la Serena T. le llamaban "Edificio Eleático", y se sabía que todo Tristeano que entraba en él, regresaba transformado en  un ser de cuatro dimensiones, (la cuarta dimensión, decían, es "el aquí y ahora", pero nadie sabía a lo que esto se refería). Y que quien alcanzaba a vislumbrar esta cuarta dimensión se iba para siempre de este mundo, allá a donde los hombres se vuelven bestias, y las ilusiones mentiras, y las historias en patrañas y el tiempo lo domina todo; sin boleto de vuelta.
Sin embargo, muchos se habían matriculado ya allí, los responsables de impartir las asignaturas eran, en su mayoría, alquimistas de renombre, conocidos por la efectividad de sus pociones, y maleficios.

Preguntando de tienda en tienda, y de almacén en almacén, de truco en truco, y de tranza en tranza,  pudo obtener toda esta información, supo también que algunas hadas amarillas y azules tuvieron que abandonar sus hogares, en el Bosque de las Historias, para buscar provisiones incluso bajo las piedras, porque los alquimistas estaban talando los árboles de manera inmoderada, y ya n quedaba más para vivir o alimentarse, y con horror admitió para si que esta invasión era responsabilidad suya, y también estaba en sus manos ponerle fin.


Con estos pensamientos en la cabeza se encaminó hacia el edificio de estudios, necesitaba consultar algún libro de cuentos, alguna biografía, alguna leyenda o historia fantástica que le explicara lo que estaba pasando.

Al llegar a la entrada un par de guardias le impidieron la entrada, ella se paró en seco, nadie en S.T. le había negado nunca el real derecho de transitar por donde le viniera en gana.
Extrañada aún, Se fijó en el atuendo de loas guardias, algo en él le resultaba familiar, pero no lograba recordar qué:
Llevaban Casacas azul marino, pantalones del mismo color y una extraña cota de malla, de algún material espumoso, resistente.

-¿Matrícula?

Preguntó uno de ellos, y al no saber qué responder, el guardia indicó:

-Para tener acceso a las instalaciones debe matricularse como alumno regular. ¿Está esperando dictamen?

Ella contestó que no, y pasó a formarse a la ventanilla de matrículas. Nunca se me ha dado bien hacer trámites, así que podemos omitir la parte engorrosa del relato y saltar al momento en el que la que no-reina pudo pasar por la puerta.

Inmediatamente se encaminó hacia la biblioteca, que según el mapa en la entrada, estaba en el núcleo mismo de la torre.
Al llegar ante la puerta, el silencio le pegó una bofetada.
Al ver que no había nadie cerca, y después de comprobar que el malestar que sentía y el estado de alerta en que se encontraba no tenían razón de ser exhaló un largo suspiro.
Al hacer esto, un estruendo de pánico llenó el vestíbulo. "GUARDE SILENCIO" Dijo una voz acatarrada, estridente, chillona.

Silencio. Aquello era fácil. Podía hacerlo, si, incluso a veces el silencio podía ser placentero.
Avanzó por las filas de estanterías, recorrerlas todas le llevó alrededor de media hora. Tan grande era el recinto del saber.
Más que una biblioteca, parecía una abadía del siglo XII, con todo y sus copistas. Todos vestían de negro. ´
Tomó unos cuantos volúmenes, de varias estanterías, confiaba en que al estar dentro de la S.T., la intuición tomaría las decisiones correctas por ella. Cargada con su pila de libros, se acercó despacito a una de las mesas vacías de la pared.
Sacó con cuidado una silla utilizando la técnica del silencio mobiliario (que había aprendido en algún lugar tremendamente aséptico, con un régimen que rayaba en lo miliciano, fuera de Serena Tristeza, en tierra de los de las gabardinas blancas), se sentó cerca de una ventana, y empezó a leer.

Pasaron las horas sin que ella lo notara, se llenaba de información interesante, se llenaba de historias y de Historia, y cada minuto sentía comprender más y saber menos.
Leyó sobre  todo biografías, y supo que hacía no muchos siglos normales, existieron personas que no tuvieron dificultades para unir su mundo espiritual con el mundo interno, que los egipcios hidrolizaron al cuerpo humano y dedujeron que estaba formado por más que una mente, un corazón y un espíritu, también era cadáver y sombra, y sentimientos, e inteligencia.
Los humanos de hace cinco siglos, y los que les antecedieron, sabían vivir con un pie aquí y el otro allá, tal como los ojos de los gatos miran hacia dentro y hacia fuera, y a través de los espejos, y en otras regiones del espectro electromagnético.
Ellos, naturalistas, científicos, físicos, filósofos, historiadores, matemáticos, tenían puesta la mente en todo a la vez, y sus mundos, y sus demonios no tenían conflictos, personajes como Leonardo da Vinci o Alexander Von Humboldt, supieron armonizar y hacer no solo torres fantasmagóricas, sino verdaderos centros de luz y conocimiento, canales de iluminación, puentes, y redes entre el sueño, el cavileo, la cruda realidad, la vida fuera y dentro, la vida a la derecha, a la izquierda y enmedio.
Y ella tenía que conseguir hacerlo así, a cualquier precio.
Eliminar el frío, y la hostilidad.
Así, con los libros en la mano y comiendo apenas como una verdadera asceta, pasó varias semanas dentro del recinto, sin darse cuenta que cada día que pasaba allí dentro recordaba menos quién era, de dónde y para qué había llegado hasta allí, llegó el momento en el que ya no recordaba qué era lo que había estado buscando y se dedicó a introducirse a los seminarios de las diferentes asignaturas con el único deseo de aprender cosas nuevas palpitándole en el pecho.

Un Noche, sintió que su cuerpo estaba fallándole, pero no recordaba por qué, sabía que había estado haciendo las cosas bien: había entregado a tiempo los trabajos y los proyectos que se le habían solicitado, se había duchado a diario antes de aparecerse en los seminarios, y había evitado adquirir cualquier posesión material desde el inicio de su estancia en la escuela.

A veces le daba por recordar su Palacio, pero sabía que él lo cuidaría bien durante su ausencia, y sabía también que no la extrañaría, nunca lo hacía.

2 comentarios:

Unknown dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Unknown dijo...

En efecto se está perdiendo!... u.U