Paradójicamente, las esferas del pecho las trajeron a la tierra de los hombres aquellas con voz angelical, con escamas en las piernas... para entender esta historia nos tenemos que remontar al origen mismo de las sirenas.
Las sirenas
La primera sirena era una niña de alma tan libre que se desprendió de los cuidados de su familia a los cinco años de edad. Después de besar en ambas mejillas a su madre y prometerle que iría a dormir temprano y estudiaría sus lecciones, se quitó los zapatos y se echó a andar hacia la costa, dejando para siempre la cabañita donde vivía. Su madre estaba triste, pero la sirena, cuyo nombre quedó en el olvido de los siglos, la dejó encargada al cuidado de la matriarca de la aldea, quien convocó a la luna para pedirle que le sanara el corazón a la madre y que cuidara siempre de esa niña.
La pequeña sirena entró en una cueva y pasó en ella la primera noche, feliz de poder estar consigo misma y dedicarse a bailar alrededor de la hoguera con la música del viento y de las olas estrellándose contra las rocas, y también de las estrellas, cuyas voces aún se escuchaban en la tierra y servían para mantener al mar en paz.
Pronto, la niña descubrió que pasaría la vida entera bailando y, para cuando tuvo edad, se llenó los brazos de algas trenzadas de color naranja y en los tobillos se enredó algas verdes decoradas con conchas blancas y plateadas que tintineaban alegremente mientras ella saltaba entre las rocas y el viento le perfumaba el cabello cuando hacía piruetas entre la bruma.
Una noche, un pirata quiso ocultar su botín en la cueva donde ella vivía y al verla tan hermosa, la tomó mientras dormía. Ella despertó entre sus brazos, confundida, pero al verlo lo adoró y se quedó observándolo con ternura hasta que éste abrió los ojos. Se quedaron contemplándose un rato y finalmente, sonrieron. Ella se levantó entonces y empezó a girar sobre sus pies para darle la bienvenida. Él cayó hechizado por la danza, que le hablaba de dulzura, del fuego del, sol, de libertad y del amor que anima todas las cosas y cuando supo que estaba enamorado, decidió dejar su vida de excesos y permanecer en la cueva con ella hasta el final de sus días, sellando sus votos ante una gran ballena blanca.
Permanecieron juntos durante tres retornos solares, él le enseño a seguir el tránsito de las estrellas y ella lo enseñó a bailar, escuchándolas. Los días transcurrían rápidamente mientras ellos se bebían uno al otro, jugando a veces, a encontrarse entre los manglares.
Una madrugada, la luna llamó a la sirena desde fuera de la cueva y ella acudió, miró al cielo y observó su rostro luminoso y bondadoso. La luna le acomodó los cabellos, y le dijo que fuera dichosa, pues su vientre había sido bendecido y pronto se llenaría de vida. La sirena recibió la noticia con mucha alegría y corrió, voló sobre la playa, sobre la espuma, y se sumergió en el mar salpicando agua y sueños por todos lados. Entonces la luna, conmovida, se arrancó una de sus largas pestañas, la retorció entre las olas y se la entregó en forma de perla.
Al regresar a la cueva, se hizo un ovillo entre los brazos de su amado. A la mañana siguiente le contó lo que estaba a punto de sucederles y él lloró de alegría, la tomó entres sus brazos, besó su frente y salió decidido a encontrar un regalo digno, pues en ese momento sentía que su corazón reventaría de amor por ella y por su herencia y ardía en deseos de halagarla.
Pero llegó la noche, y el pirata no regresó y la sirena, muy triste se sentó en una roca a esperarlo. Lo esperó por varios días y varias noches, sin comer ni dormir, solo suspirando y deshaciéndose de angustia. El día veintiocho después de la partida, escuchó una fuerte detonación dentro de su cabeza y sintió un dolor inmenso en el vientre, en el corazón, en el alma, se desvaneció sobre la roca y mientras se perdía en la inconsciencia, escuchó la voz del pirata diciéndole que iba a amarla por toda la eternidad.
Horas más tarde, la luna se acercó a ella, la acarició con sus rayos de plata y le dijo con pesar que le pirata no volvería, que había ido a la ciudad y había caído preso, siendo enjuiciado y sentenciado a muerte aquella misma noche.
Ella decidió que sin él no podría seguir, que no volvería a danzar, y sin pararse a meditarlo trepó al risco junto a la cueva y se lanzó hacia las rocas, que le quebraron las piernas transformándolas en un montón de astillas. Pero las olas del mar no quisieron llevársela, porque sentían por ella un profundo cariño, así que la recogieron con cuidado y la devolvieron a la playa donde permaneció tendida dos noches más. Entretanto un ejército de cangrejos, se sumergía por turnos en las profundidades para cortar suficientes algas con qué cubrirle las piernas para cuidarle las heridas. Pero las heridas no sanarían y el corazón de la sirena tampoco. Despertó en la playa, débil y adolorida y quiso gritar pero descubrió que se había quedado sin voz. Entonces lloró, lloró tanto que el cielo se volvió gris y las olas se agitaban furiosas de manera permanente pero sin que las nubes llegaran a romperse y soltar la lluvia que podría haber aliviado todas las almas y los espíritus en el mar. La noche se hizo eterna por primera vez, y los peces morían y las ostras ya no daban perlas. Todas las aves se fueron de aquel lugar y solo quedó la oscuridad y la furia de las olas.
Entonces volvió la luna y le dijo a la sirena que para resarcir todo aquel daño, debía vivir por todos los seres del mar que la estaban amando tanto que habían hecho suyo su dolor. Le pidió que tomara la perla blanca que le había regalado el día de la anunciación, y que la comiera.
Como no tenía otra opción, tomó la perla e hizo lo que la luna le pidió, y al instante su vientre comenzó a vaciarse, llenando sus piernas inmóviles de suero rojo. Las algas con las que los cangrejos la cubrieron comenzaron a mezclarse con la sangre y se endurecieron, la piel se oscureció y poco a poco se transformó en escamas, al final los peces alados saltaron en la superficie del mar, y las piernas de la sirena terminaron de convertirse en una aleta hermosa. Entonces la luna le advirtió que por haberse comido la perla, ya nunca volvería a llorar, pero que las estrellas habían aceptado regalarle sus hermosas voces cantarinas para que pudiera volver a hablar, pero le advirtió que nunca debía usar su canto en presencia de hombres mortales, pues de hacerlo, los que la escucharan caerían víctimas de un poderoso hechizo y sus vidas serían reclamadas por el mar. Solo debía mantener la promesa de cantar de noche, mar adentro, para mantener el ritmo de las olas y la paz en las profundidades, de donde surgían los sueños de todos los seres, como hicieran antaño las brillantes estrellas.
Entonces las olas comenzaron a llamarla y ella respondió, sumergiéndose.
Al contacto con el agua, el roto corazón dentro de su pecho se disolvió, quedando en su lugar solo un hueco vacío.
Del orbe del pecho.
La sirena eligió esta vez el casco hundido de un barco como su morada. Pero la soledad y el vacío le hacían cosquillas en los ojos, unos ojos oscuros, sin lágrimas. No había para ella diferencia entre calor y frío, luz y oscuridad. Recordaba su vida con el pirata y la energía de su amor flotaba suspendida sobre su pecho al no encontrar un medio para propagarse. También el dolor de su partida permanecía allí, flotando en el agua a centímetros de su pecho, sin encontrar consuelo.
La sirena se alejaba cada día un poco más de la superficie, ya casi no salía ni para cantarle al mar, sumida en sus pensamientos, se dejaba arrastrar al fondo, a la zona abisal, donde la presión hidrostática es más fuerte y da lugar a las formas de vida más extraordinarias.
En ese lugar permaneció la sirena, con sus recuerdos, con el amor, con el dolor. Pero a esa profundidad, la energía que flotaba suspendida a centímetros de su pecho también sufría los efectos de la presión hidrostática, y como sucede en la naturaleza, la energía vibrando a alta frecuencia comenzaba a asemejarse a la materia y esa materia breve, sutil, a intentar ocupar el menor volumen posible, adoptando para ello, la forma de una esfera.
La esfera se fue haciendo cada vez más sólida, y cuando acabó de volverse realidad, la sirena sintió que estaba lista para volver a la superficie.
Esa noche cantó con todas sus fuerzas y el mar volvió a la calma. Algunos seres al escucharla entraron en un profundo sueño que duró todo un ciclo lunar y al despertar, brillantes orbes tornasoles flotaban sobre sus pechos encendidos.
Y fue solo gracias a estos orbes, que los seres que sienten sobrevivieron a la primera de las glaciaciones.
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