domingo, 27 de septiembre de 2020

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 La ciudad estaba siempre toda húmeda y es que suspirábamos demasiado y dábamos traguitos de agua de todos los bebederos del camino, porque es lo que las abuelas habrían querido. 

Y si en este momento piensas que describo un invernadero, aquí viene la decepción y el origen de los males: nuestras voluntades no permitían que las moléculas de agua se transfirieran a sitios más secos, por gradiente, robando el calor de todos los cuerpos para poder cambiar de estado y sin embargo, helaba.  Por momentos nos subía la humedad por las piernas. Se sentía como si estuviera bien dentro, en cada centímetro cúbico de hueso, en la médula. Entonces probábamos con estiramientos, con sentadillas, con desplantes, con saltos de esos que las profesoras de ballet exigen, sosteniéndose por lo menos cinco segundos en el aire, rogando a la gravedad que espere, que no tire tan fuerte. 

Si los ejercicios no funcionaban, sabíamos que dormiríamos esa noche con unos dolores reumáticos de los que causan pesadillas. De la cadera al muslo, del muslo al tobillo. 

Y a veces, incluso, la cadera se quedaba atorada a la mitad del movimiento que era necesario hacer para levantarse de la cama. Y era doloroso, y no había modo de avanzar o volver de esa penosa posición. Rodar de costado era lo que debía hacerse, eso y quedarse dormido fingiendo hacer otra cosa para engañar a los ojos, para que nunca se dieran cuenta de que se les estaba invitando a cerrarse, porque entonces se negarían y arderían toda la noche, bien abiertos. 

Y los que tenían la mala suerte de enfermar de arena, tenían que terminar lloviendo antes de entregarse al sueño, para sacársela toda de debajo de los párpados. Algunos lo hacían a través de sus propios recuerdos, otros tenían que imaginarse en situaciones desesperadas. Después de un tiempo quizá desarrollaran la habilidad de no necesitar motivación, y llovían, y en las habitaciones comenzaban a crecer los hongos y las plantas, lo que volvía bastante incómodo bajarse de la cama, y sentir su frío roce, y pensar si los ciempiés y otros vermiformes habrían llegado ya a sacudir la columna vertebral y a ocasionar espasmos en el chakra raíz de solo verlos moverse. 

Los pies fríos eran una bendición, pero no cuando se los golpeaba, porque un inocente roce con un mueble que a veinticuatro grados habría pasado desapercibido, en esa heladera significaba unos dos minutos de intensos latidos que se irían extendiendo desde el epicentro del traumatismo a todo el cuerpo hasta que terminaran de sincronizarse con los latidos del pecho, mientras un incendio en la columna consumía las energías. 


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