El fuego es caprichoso.
El fuego suele obedecer halagos, pero el que maneja el fuego debe saber cómo no inflamarse con él.
Por que entonces juntos se convierten en una bestia, y el antes domador de llamas se reduce a cenizas, consumido por sus propios impulsos.
Es por eso que el fuego y el domador a veces son sordos al tambor de guerra.
Solo a veces, mientras inicia la batalla.
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