martes, 22 de septiembre de 2009

Leo y la Conquista de Aragón.

Y todo el bosque lo supo: Los Reyes estaban allí, dispuestos a una nueva conquista.

Las ninfas del aire danzaron a su alrededor, susurraron poemas en sus oídos y les agitaron las melenas.
 Las damas guerreras del Lago (Hermanas de la Reina por Voluntad de su madre, la Señora del Río) presentaron armas, montadas sobre hermosos corceles verde agua, que movieron furiosos las crines haciendo un oleaje impresionante en la superficie.
Los árboles dejaron caer viejas y sabias hojitas sobre la cabeza de sus majestades, el pasto perfumó la piel de las ninfas del aire con sus esencias más delicadas, y las ramas de los árboles las vistieron, para presentarles sus respetos debidamente ataviadas.
 Las nubes se pusieron a cantar, potentes son sus voces.
 El Sol, orgulloso de sus hijos los jóvenes monarcas, se sentó en su trono tras las nubes y cerró las cortinas, dejando el ambiente azul, pues sabía que esta vez no lo necesitaban para salir victoriosos de aquella batalla, puesto que no la habría:
Todo el bosque se rindió a sus miradas, a sus sonrisas.
 La Naturaleza entera presente en las lejanas Tierras de Aragón se inclinó cuando LEO se hizo presente.
Enmedio de sus nuevos dominios encendieron una fogata e iniciaron la ceremonia.
Se pronunciaron los votos de cariño inmesurable y se procedió a tomar una antorcha para llenar de vida ese lugar que minutos, días y meses antes moría árido a manos de los civilizados.
 Serena Tristeza y la Colina tenían ahora un nuevo territorio anexionado.
 Puff!

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