domingo, 3 de enero de 2010

Raole

Sentado en una de las butacas, cerca del centro del escenario se encontró, con el rostro entre las manos , y empapándose los puños de la camisa.
¡Cuanto anhelaba el papel del malvado!
 Sabía se la avaricia, y del ocio. Entendía a la perfección el mecanismo que llegaba a ocasionar en los espectadores la palidez mortecina, conocía las expresiones color cera, y el hielo en el corazón.
 Sabía como ganarse el odio, y caer de los vítores a la más aplastante deshonra. Conocía cada uno de los matices que iban desde el simple desdén, hasta el repudio, y el color de la indiferencia. Sabía hacer surgir de su boca las más terribles maldiciones, y de sus ojos el vacío.
Pero Oralio había sido bastante claro:
-¿Quién va a creerte a ti, con esa cara de ángel, y ese cabello color castaño que es toda una escala cromática de colores de la Tierra, el barro y la arena?
No, Raole, ¡bajo ningún concepto!, y antes te quedarás controlando la iluminación, con un candado en la cintura si es necesario a que yo permita que hasta tus movimientos e traigan a la mente al más sencillo de los demonios.
 Raole se cansó de suplicar.
 -¡Allá afuera hay gente que cree que soy mucho más malvado que el Oscuro! En cada esquina y rincón donde la luz no llega, hasta en lo más hondo de mi conciencia siento sus miradas. No soy importante, no debería serlo, y sin embargo, hace tres días, me llegó por correspondencia todo un ritual cuyo fin es el de exorcizarme, me llaman bestia y maldicen mi nombre...dame el papel Oralio, deja que me vean, ¡que me odien de una vez! Cuando quise ser bueno, no les faltaron excusas para declararme culpable de las más graves faltas. ¿Qué más da?
 -Mi respuesta es definitiva Raole, si quieres hacer algo, habla con el director de la orquesta, coge la flauta y hechiza con tu música. No puedo hacer más por ti, ya que te niegas a tomar el papel del Campesino Sincero, el que muere al final por salvarles a todos.
 -¿Y qué esperabas? ¿Que siguiera con mi vida de mártir? Dándole circo a Nerón, saciando el morbo del sadista, alimentando las pesadillas de los niños. Tampoco soy un héroe, no quiero ser un héroe. ¿De qué me sirve este (falso) resplandor? Solo me ha llevado a la ruina.
 -Raole, por enésima vez, nadie va a solucionar tus problemas, tú y solo tú te metiste en ellos y de igual manera saldrás. Ahora, tengo que presentarme con el Notario dentro de quince minutos y tú no haces más que estorbar con tus lloriqueos. Nos vemos en la noche, y espero que tus notas mantengan al público a la expectativa. He invertido suficiente en esta obra. No me defraudes.

 "No me defraudes". Esa frase, junto con otras tantas eran como plomo al cólon de Raole. Por que... nadie se había dignado a mirarle realmente, la razón de su autocondena en aquél teatro de clase media fue precisamente la idea, presente en cada segundo de su vida, de que ningún ser qué él hubiese amado o apreciado de alguna manera había prescindido de colocarle encima un disfraz, y kilos de maquillaje y soportado después el momento en el que él decidiera retirarlos por hastío. Pasaba tanto tiempo con el disfraz y el maquillaje, cómodo, disfrutando de ese aprecio, de ese cariño que la otra profesaba que llegaba a olvidar que lo traía puesto, y al final, la persona también olvidaba su verdadero rostro. Por lo que el "desprendimiento" resultaba una visión monstruosa, cuando no decepcionante.
 "No me defraudes" Le martillaba el cráneo, creyó que su columna se trozaría por las convulsiones del llanto. Por eso, a escasas dos horas de la función, permanecía sentado, sumido en la desesperación. "¿Cuándo, hasta cuándo?" Tiempo atrás había confiado parte de su ser a aquellos compañeros de universidad que ahora le repudiaban. Pero sucedió que tuvo que salir huyendo, cuando todo a su alrededor se complicó de tal manera que él se quedó con el papel que ahora tanto ansiaba representar: El del malvado Gebria.
Dios de los infiernos, dueño de los silencios dolorosos, Juez de las almas en pena.
 Una noche febril se levantó de la cama, para aliviar su tormento al contacto con las baldosas frías del suelo. Encendió una vela y se miró en el espejo. Hacía días que no se rasuraba, y su aspecto era el de un mendigo a no ser por los hermosos bucles castaños que en aquellos momentos se encontraban enzarzados en una batalla feroz, los unos contra los otros. Al parecer resultado de otra batalla de Raole contra la almohada.
Tomó un bote de pintura blanca del cajón. Y el frasquito de ... le llamaban kohl? , lo había escuchado entre la gente del teatro.
 Maquilló su rostro hasta que el reflejo de la luna se quedó permanentemente en él, se delineó los ojos con aquel extraño pigmento negro que posiblemente habían ocupado los miembros de la realeza Egipcia, tomó la navaja de afeitar e hizo un corte poco profundo en el dorso de la mano, tomó un poco de plasma color carmín y se maquilló los labios. Por fin estaba bien, por fin...
 "Bien Raole", ahora promete que nadie volverá a verte, nadie. Todo tú eres actuación, eres teatro, eres sátira, parodia...pero sobre todo, observa, abre los ojos y estudia las reacciones, tu paranoia te enseñará a ver cosas que no existen en la realidad, por que los planes mejor elaborados, los planes del Maligno solo se encuentran en lo hondo de la mente, ese sitio que la mayor parte de la gente tacha de inexistente por que le teme a sus propios demonios.
¿A qué demonios temes tú ahora? Te han dado el mejor papel, el de uno de esos servidores del dolor, la muerte y todo lo que a los mortales desagrada. Y si ahora no eres más que la risa, el miedo, el llanto del espectador ¿qué más da?. Juega con la derrota, con la locura. No le temas a verte en el fondo, cuando la función termine no estarás allí. Si mueres en el escenario, tampoco importa.
Vamos Raole, sal a la calle y deja que se burlen. Muere de mil maneras y a manos de quien desee y esté dispuesto a ver como la luz huye de tus pupilas. Pon a prueba todo lo que aprendas y siéntete satisfecho cuando los insultos que recibas sean exactamente los que calculaste y esperaste"

 Después de esa noche, se le volvió a ver alegre y el color regresó a sus mejillas. Los azules vieron el resplandor de su sonrisa y prometieron seguirle, con ellos Raole pactó promesas de fidelidad y eternidad. Tal vez algún día se quitaría el disfraz ante ellos y disfrutarían juntos del ser de carne de debajo.
 Los rojos, siguieron enredando los hilos, enlodando su nombre y repudiándole con cada fibra de su ser. Para ellos estaban reservados los mejores palcos. Raole se encargó de enviarles invitaciones de honor, y cupones a través de supuestos trabajadores sociales. Día tras día, tomó papeles de todo tipo, tras bambalinas, en el escenario con papeles pequeños, en las sombras del techo, arreglando luces y efectos. Con el paso del tiempo conoció a algunos jóvenes músicos de la pequeña orquesta, intimó con tres de ellos y les amó.
 Corle, una joven pelirroja y robusta, Artean, de cabello castaño, bonita, sincera y profunda que anhelaba más que otra cosa ser el viento que le revolvía la melena en sus paseos al aire libre que adoraba, y Maquiel, un joven violinista que añoraba ser como el gran Paganini, aunque este último aparecía poco., en cambio Corle y Artean eran Bastante accesibles.
Corle tenía poco tacto en su hablar, pero no por ello mal corazón. Artean era simplemente mística, Raole no podía comprender por qué sentía esa atracción magnética, sería que su rostro tenía algo enigmático. De cualquier manera, Raole les amaba y les extrañaba en su ausencia.
 Ellos eran azules, al menos de apariencia.
 Consciente de su "torpeza bondadosa" a los ojos de los azules y de su "pericia en la maldad" a los ojos de los rojos se autonombró "gobernante del mundo escénico". Los azules rieron, tomándolo por sátira, y le instaron a esforzarse más "Brillas por ti mismo, no te dejes vencer por los que te critican y te juzgan sin conocerte" los rojos se burlaron "¿escuchaste lo que dice? ¡Vaya descaro! ¡¿Esa infame criatura es la ridiculez andando y se siente digna de portar semejante apelativo?¡ ¿Qué le debemos ahora, lástima o jactancia?"
Raole sonrió con los labios negros, esperaba ambas reacciones. Amaba a los azules, por su sinceridad, pero no desacreditaba la sinceridad de los rojos, a pesar de que los detestaba. Otra noche en sueños sintió una presencia tras la puerta. No hizo caso, se dio vuelta en las sábanas e intentó dormir. Sin embargo, aproximadamente dos horas mas tarde se encontraba pegado a la puerta, temblando nuevamente y con los pies desnudos. Se puso de puntillas para observar por la mirilla... nada, sin embargo algo áspero le rozó los dedos de los pies, bajó la cabeza de inmediato, le aterraban los insectos, pero lo que encontró no fué ningun insecto si no un papel amarillento doblado por la mitad. Lo levantó del suelo con curiosidad y se sentó en la cama, encendió una luz y comenzó a leer, la letra era fina y semejaba a la incomprensible caligrafía de los árabes, esa misma forma.
 "Hola, creo comprender la tragedia de tu vida. ¿te gustaría representar para mi? No hay nada de mortalidad en mi, sígueme, si te atreves..."
 No supo qué hacer. Tomó un bolígrafo del cajón del tocador y haciendo garabatos a vausa del temblor dejó tras el papel el siguiente mensaje:

"Vale"

 Volvió a doblar la hoja y la pasó por debajo de su puerta. A la mañana siguiente no había nada. Aunque el asunto le dio curiosidad decidió no pensar más en ello, su vida estaba ya bastante enredada y él debía luchar a diario por salir a flote.
 "Comprendo..."
 Rememorar esta palabra salida del puño y letra del desconocido casi le hizo reir. A estas alturas ¿quién, salvo los azules, podía decir que "conocía" algo dentro de él? Nadie. A los azules no les había mentido, y les había dado a conocer lo esencial, sin embargo el baúl de las reliquias continuaría cerrado hasta que toda aquella obra finalizara y se hiciera "justicia". O por lo menos hasta que cada quien tuviera un lugar, y nadie estuviera tan dispuesto como los rojos, a complicarle la existencia.
 No pudo evitar contarle lo sucedido a Misela, aquella criatura que no podía evitar marcar como su igual. Ella había sufrido incluso más que Raole, y sin embargo no perdía aquella dulzura que le daba reposo a su corazón. Ella luchaba, como nadie contra si misma, más a menudo de lo que nadie, excepto Raole sabía. Por que Misela tenía pasión por la vida, y su vida, puesta toda en la más abstracta de todas las artes (la música) le daba fuerzas. Oirla tocar el arpa era para Raole el mejor elixir. Ella era la única luz enmedio de toda aquella oscuridad. Contemplar sus manos pequeñas y bien cuidadas al momento de herir las cuerdas lo dejaba hipnotizado. Deseaba a Misela a su lado, le quería como a nadie en el mundo. Y todo lo que deseaba al final del día era perderse en sus hermosos ojos oscuros que le evocaban las estelas ,pilares y obeliscos de los templos de Karnak y Luxor, o las máscaras funerarias sobre los sarcófagos.
Deseaba hacer algo para que ella fuera feliz, donar toda su sangre (si su sangre pudiera estar pura y bendita) a cambio de su felicidad. Ella tenía muchos traumas, y sus demonios la atormentaban, pero nunca hablaba de ellos con nadie, incluso a Raole le costaba un enorme trabajo que ella abriera la boca para contar algo.
 A veces no comprendía su afán maldito por hacerla hablar, siendo que sus ojos le decían siempre más de lo que a ella le gustaría. Pero ella era lo suficientemente fuerte para callar, para luchar internamente y eso la hacía indestructible.
 Misela tomaba las manos de Raole, e insistía en que lo que pasara con ella no tenía la más mínima importancia, acariciaba su rostro y le observaba con esa mirada furiosa, llena de tristeza, batalla, súplica... todo a la vez. sin embargo para Raole, la mayor parte de Misela era todo un misterio, y esto le hechizaba cada día más. Uno de los más grandes errores de Raole era el confiar a todo el mundo inmediatamente sus aflicciónes y mostrar sus demonios, era tal su desesperación, su egocentrismo y su autocompasión, que deseaba que el mundo se sentara a llorar con él sus penas. Pero aprendió a punta de espadazos que en la vida, si una persona cercana a otra sabe sentarse a llorar una pena, ya puede írsele componiendo una pieza, haciendo un cuadro con su retrato, esculpiéndole una estatua o dedicándole unas lineas llenas de elocuencia. Por que son contadas las que saben de sinceridad, y aún más escasas las que no utilizarán las debilidades de alguien como herramienta principal para destruirle.
En este aspecto Misela lo habría aprendido tal vez en una vida anterior, desconfiaba de todo mundo, pero su corazón seguía siendo un lecho suave y mullido. En su mundo, Misela también gobernaba a su manera, solo que nadie lo sabía y toda diferencia con cualquier persona quedaba zanjada dentro de su mente con una frase célebre: "¡Qué idiota!". Punto final. No se complicaba la existencia regresando a comprobar si sus palabras, su desdén o indiferencia habían surtido algún efecto, no le interesaba más que continuar adelante y vivir cada día como si fuera el último.

Por eso Raole acudía cada noche a verla, necesitaba escuchar esas sus palabras sobre el futuro incierto, donde sin embargo "todo tenía que ir bien".
 Al terminar su narración de los hechos Misela se ofreció a esperar tras la puerta la llegada del extraño, por si éste volvía a aparecer, pero Raole se negó agradecido.
 Lo único que necesitaba en realidad era desahogarse. Amaba a Misela, se lo hizo saber y la despidió con un beso.
 -Debemos ir a dormir, pronto, muy pronto terminará todo esto y seremos libres.
 -Si, más no te preocupes que si esto no mejora, huiremos juntos, solo debemos juntar lo suficiente para el viaje, tranquilo querido mío. Todo irá bien. Raole se marchó con el alma más tranquila. Soñando con un futuro más prometedor. Al llegar a su alcoba se dedico a hacer una carta para su padre Ors, a quien tanto había amado y admirado y para su amada condesa Leayinn, que nunca le dejaba solo cuando deseaba proferir maldiciones contra quien o lo que fuera.
 Habían, otras dos personas que hasta donde Raole sabía, estarían dispuestas a caminar junto a él, personas a las que no deseaba dañar: El joven Larco, y el Señor Allende y Océano. Ambos hermosos y llenos de vida. El joven Larco llegó al teatro, acabando de huir de la casa de unos padres que para aquellas fechas ya le habrían desheredado, Larco sentía pasión por las almas buenas, y por las artes, cosa que en su familia de alta cuna jamás le habrían permitido.
Desde que nació estaba destinado a ser un gran abogado, Larco soportó años de esclavitud, de encierro, hasta que un día decidió que no sería más nadie y salió huyendo. Caminaba por las calles de aquella provincia pobre, donde se encontraba el teatro donde Raole estaba dispuesto a gastar todo el tiempo que fuera necesario para restaurar su vida, y a lo lejos notó su cabeza castaña, apoyada sobre una fuente con el agua salpicándole los hermosos bucles, absorto en la contemplación de las avecillas basureras que tomaban su baño matutino, agitandose grácilmente.
Se acercó a él, y sostuvieron una plática muda. Raole notó la profundidad de sus ojos castaños, y de inmediato le amó, sin saber por qué.
Larco sintió lo mismo.
Raole se levantó del suelo y caminó, seguido por Larco. Recorrieron calles, parques y avenidas. Larco le contó su historia a Raole, y Raole le contó la suya, el interior de su corazón lo apreciaría Larco, sobre la marcha. Mantuvieron desde entonces una actitud de camaradería impresionante, se sorprendían mutuamente, día con dia, con mensajes en la servilleta del almuerzo, o escondidos entre los instrumentos, objetos personales... Raole confiaba en Larco, y Larco confiaba en Raole, y Raole lo leía como un libro. Esto le hacía sentir mal a veces, por que sabía que él tenía cosas que ocultar, sin embargo Larco se entregaba a él, sin pedir cuentas, con pasión. con el Sr. Allende y Océano las cosas eran un poco distintas, era el hombre más apuesto y gallardo que Raole había conocido, pero destilaba frialdad, frialdad en sus movimientos, pálida era su tez y su lacio cabello dorado. Sin embargo, después de un rato de visitas de cortesía y amenas charlas, Raole supo que se había ganado su aprecio, y también le amaba. Era una persona discreta, sencilla y su presencia tranquilizaba. Sabía controlar perfectamente sus impulsos y también el desbocado corazón de aquel joven terco y egocéntrico de Bucles Castaños y baja estatura. Por las noches volvían las torturas.
"No soy malvado, tampoco bueno, por atreverme a engañar así a los azules, los amo, y sé que ellos me aman, mientras no los lastime, los que me sigan hasta el final tendrán la oportunidad de comprender el por qué de toda esta tragedia" Las noches estaban plagadas de estas frases y variantes que se generaban en el desvarío. Pero el mensaje era el mismo. A veces flaqueaba y se ponía a pensar seriamente si todas estas oraciones no eran más que esfuerzos desesperados por creer que en realidad aquella enorme puesta en escena de verdad tenía esos fines elevados. De libertad, de amor, de combatir el mal que atormentaba su vida. Deseaba con todas sus fuerzas no estar demente, ser solo un egocéntrico más creyendo que el mundo debe girar a su alrededor si desea salvar su nombre y su vida. Deseaba a veces solo huir a donde nadie le conociera, y no volver a mostrar su corazón, sus pensamientos y su alma a nadie más... Una hora en cavileos...aún estaba sentado en la butaca, temblando como nunca.
Sólo había cambiado una cosa: Un pequeño pedazo de papel amarillento, reposaba, cuidadosamente doblado sobre su regazo.
 "Creo que hice una muy mala elección. Eres repugnante"

 Por unos minutos no supo que decir. Tenía miedo, si. Pero le quedaba una enorme barra metálica a la cual asirse en medio de aquel huracán (aunque esto no le exentara de salir magullado).
 Hacía ya bastante tiempo que Raole no se manifestaba, incluso él mismo tenía miedo de perderse en aquella Obra para siempre, y no poder recordar al Raole sin maquillaje, sin sangre y sin Disfraz. ¿Cómo podía, cualquiera que le hubiese estado observando, saber acerca de Raole, del verdadero Raole? Y sin embargo algo en aquella primera nota le había hecho creer, más bien sentir un alivio y el saber que ese posible alivio había volado le carcomía.
 ¿De verdad es necesaria esta actuación? ¿Y si por culpa de ésta, perdí una señal del cielo, una señal importante, la Señal que tanto rogué a Dios en aquellas noches de cabellos tironeados y sábanas enredadas como mantos mortuorios, como camisas de fuerza?
 La puerta principal se abrió tras Raole, el público había llegado. Tenía que decidirlo ahora. El acto suicida, o el hechizo musical... ...Y cuando los ojos de todos los presentes estaban fijos en él, Raole se desvaneció.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola. Monin. Me lo he pasado genial en mis vacaciones. Me h gustado tu nuev entrada. Bueno, ya he vuelto y me tienes aquí para lo que quieras.

Marisoru dijo...

La realidad, hubo quien rojo no era rojo, y un azul que era azul de frente más a las espaldas con el compotamiento semejante al vació.
Realidad, todos cometemos errores, un humano al fin y al cabo, pero este error, fue el producto de voltear a ver por un instante aquella imagen que alguna ves no fue un hoyo negro.