domingo, 27 de junio de 2010

He aqui tu pista

Es el mismo cuento, ¿cierto?
Estas manos son las mismas manos que lo llevaron a donde pisas.
Felicidades.
Ya puedes empezar a correr hermosa.


"La noche en la que el rey me hirió de muerte corrí como posesa en dirección al bosque.
No había guardias en las entradas, nadie me vio salir.
Al parecer él lo había dispuesto todo.
Ahora bien, sabía que él volvería a buscarme, cuando me hubiera decidido a devolverle un par de cosas. Entre ellas una antigua letanía que guardaba celosamente, y que me había entregado en prenda de su cariño. Además, creo, quería asegurarse de que me hubiera muerto de pena, después de todo, su cobardía lo llevó a echarme la culpa de todo lo que ocurrió, para él, yo había decidido mi sentencia.

Me detuve en un claro solo para respirar un poco y terminar de decidir que no podía volver hasta que él hubiera abandonado su empresa macabra.

Por cierto, jamás admitió aquello que todo el reino sabe que es verdad: él me engañó con una mujer del teatro. Mintió hasta el final, burlándose de mi ingenuidad y de mi eternamente buena voluntad, de mi angustia. Pero era mi obligación, por los votos de fidelidad y compromiso que pronuncié alguna vez en las memorias de la patria, permanecer callada y quieta y no importunrle con sospechas o preguntas.
Sabía que tarde o temprano hallaría la manera de inculparme, y abrirse de este modo la vía para marcharse con aquella mujer.
Miré hacia arriba, y sabía perfectamente que ella estaría cuidándome. La luna, mi madre, me observó con ojos tiernos.
Tomé el primer sendero que encontré y giré a la derecha, en dirección a ninguna parte, éste era el único camino que conocía bien.
Cinco minutos,veinte o media hora más tarde (no podría decirlo) me encontré con la última persona con la que me hubiera imaginado.
Plantado frente a mi, con aquella toga negra encapuchada estaba el ermitaño.
Un calambre me recorrió desde el corazón hasta el último rincón del cuerpo y eché raices en el suelo.
Él se acercó lentamente a mi.
Eso era todo. Iba a matarme, todo terminaría más pronto de lo que esperaba.
Algo me tranquilizó: prefería mil veces morir en sus manos, en las manos de un cazador, que en las manos de un cobarde incapaz de sostener una decisión con la verdad, y de intentar deshacerse de la mujer a la que marcó como suya y con la que compartió no solo el lecho, sino el mando de todo un reino.
Prefería mil veces los colmillos del ermitaño que la espada del rey.

El ermitaño se bajó la capucha y la luz de los astros noctámbulos me revelaron aquel rostro pálido y alargado que vi en mis pesadillas tantas noches. Me tomó ambos brazos y me miró a los ojos. Tal vez esperaba que gritara, pro no lo hice. Me extrañó el brillo desu mirada.
Comencé a adormecerme.
-Recuerda- dijo finalmente, con la voz grave y firme, apenas audible.
Y sus labios rozaron los míos.
Pensé en la bóveda, que seguramente crujía en aquellos momentos presintiendo el peligro.
-Recuerda- repitió, y esta vez su aliento caminaba por mi cuello, sentí frío y sentí calor, olía fuertemente a yerbabuena, alcohol y menta.

-Recuerda que una vez, Reina, fuiste la mujer de un exiliado.

Me soltó las muñecas y yo me solté el cabello.
Me hizo tender sobre una cama de hierbas, hojas secas, ramas y piedritas. Las sentí hundirse en mi espalda y enredarse en mi melena.

-Recuerda a quien perteneces- escuché.
Y en ese momento él buscaba entre mi ropa, yo buscaba la salida a los recuerdos para no abandonarme a su merced, pero fue inutil.

-Recuerda mi nombre- dijo cerca de mi oído.

Pero ya había comenzado a danzar, entonces caí precipitadamente en un delirio de insondable negrura, vinieron a mi varias voces, imágenes y los colores mismos hablaron. Caí en la cuenta de que todo había terminado. El Rey había muerto.
Dejé defingir y volvió mi única realidad.
Cayó el telón.
Me abracé entonces a aquel hombre que sabía que no me amaba, pero a quien pertenecía y le dejé entrar.

"Volveré a palacio" dije yo. y dediqué al difunto rey un último pensamiento:
"No es necesaria ya tu despedida, sabe, querido mío, que mía es la gloria y la corona, mío el palacio y mía para siempre la música que me entregaste.
Ve en paz, vete para siempre."


Cayó la noche, no encontré a nadie en casa.
Subí a mi habitación, corrí el cerrojo y dejé abierta la ventana.
A media noche las cortinas se agitaron, una figura encapuchada estaba de pie en el balcón.

-Buenas noches señor. ¿Que puedo hacer por usted?"

1 comentario:

Michell Cerón dijo...

Que increible!, ESTO EMPIEZA A SER EPIC! para mi lo mejor es el pensamiento que le dedica al final "No es necesaria ya tu despedida, sabe, querido mío, que mía es la gloria y la corona, mío el palacio y mía para siempre la música que me entregaste", creo que deberias escribir una novela con este corte ^^, oh Monin hace mucho que no tengo ocasiòn de conversar contigo, espero que todo este maravillosamente, es bueno saber que ya has salido de tu suicidio cuantico, espero pronto tener ocasiòn de intercambiar algunas palabras n_n, Saludos!