miércoles, 8 de octubre de 2014

Chivo expiatorio

-¡SIGUIENTE!- dijo, rascándose una pulga de la barbilla.- ¿Es que no hay ninguna otra?

Llevaba días buscándola sin resultados. El tiempo apremiaba. La zarina llegaría en cualquier momento, dado que el barco había zarpado hacía una semana, y aún no la encontraba.

-¿Podemos traerla?

-Tráiganla.

Tenía el cabello enredadísimo. Le hacían falta las ligas para las trenzas de la noche, pero no podía pedirlas, el hechizo le había cancelado la facultad del habla.

Lo miró con el desprecio que se merecía. Después de todo, ella había hecho el trabajo sucio para él, y ahora la entregaba, habiéndose lavado las manos y secádolas con su cabello.

El sirviente entró con la cara pálida a la habitación y susurró unas cuantas palabras al oído de La Bestia, cuyo semblante se oscureció. Luchó por recomponerse y cuando lo hubo logrado, lanzó una última mirada cargada de nerviosismo a la criatura, y salió por la puerta.

Ella se miró la muñeca donde permanecía el brazalete con la gema rota, ahora podía ver y resistirse al influjo de las palabras de su falso amante, pero había perdido el habla.

Pasados unos minutos entró la zarina, con su larguísimo vestido verde y un brazo enguantado alrededor de la cintura de La Bestia.

-Así que... es ella.

-Sí querida, es ella. Lamento no habértelo dicho antes, pero quise creer en su inocencia, reunir todas las pruebas antes de condenarla. ¿Qué quieres que hagamos con ella? Por amor a ti, haría lo que me pidieras.

-Pero ¿no la quieres?

-Jamás la he querido, siempre has sido tú, sólo tú.



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Oscuridad, frío y del otro lado el espacio ultrainfinito.
La columna estaba rota, el hielo crujía bajo su peso.
Pensaba, no podía hacer otra cosa que pensar.
Nada había estado bien desde el inicio. Pero entre tanta nieve, ante la vista de un mundo sumergido en el hielo, en el letargo eterno, cualquier destello de fuego le parecía maravilloso.
¿En qué había estado pensando al huir de su tierra? Allá era dueña de sus emociones, de su vida.

Lo había dejado todo y perdido todo por creer en las palabras de un gitano que ahora ensuciaba su nombre como le daba la gana.

Se abrazó al pequeño encuadernado café. Ahora era lo único que le quedaba. Repasaría los textos hasta su último día.

Se abrió la puerta de la celda, ella se dio la vuelta, de cara al vacío.  No hablaría con él.  Ni en susurros, ni por escrito, mucho menos con la mirada.

- No sé qué decirte. Sólo sé que de no ser así, la perderé para siempre. Sé que no es lo mejor. ¿aguarda por mí, sí? A nadie más le pediría ésto. Sé que eres fuerte.

Y salió.

"A nadie más... tú eres fuerte"
Por supuesto, más fuerte que el resto. Y por lo tanto desamparada siempre, sin derecho a ser amada, protegida.
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En una calle cercana, un cartel doblado por todas las esquinas amenazaba con despegarse de la pared donde lo habían colocado hacía una semana. En ella se observaba el rostro triste de una niña de ojos grandes y claros.
Se ofrecía una recompensa modesta, por información o por su cadáver. Se la acusaba de traición.

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Dormía. No sabía cuántos días ni cuántas noches llevaba en ese lugar, con las goteras como su única compañía.
Los escuchaba en sueños, la voz quejumbrosa de ella y la risa nerviosa de él, que se desvivía por complacerla, por hacerla olvidar todas las penas que le hizo pasar, las trampas, los embustes, ayudándose de otra sarta de mentiras.
No podía más.
Sus risitas bobas le taladraban el cerebro.
Despertó completamente, se sentó y se sostuvo la cabeza con las manos, con la esperanza de que el viento y las goteras se llevaran la conversación que había estado imaginando en sueños, pero pasado un rato descubrió que no se iban; muy por el contrario, el volumen aumentaba, se acercaban conforme ella caminaba hacia la esquina más alejada de la puerta.
Se sentó, pegó la cara contra la pared y escuchó:

-¡Lo hizo por vengarse de mi!

- ¡Pero querida! ... Ahora que lo dices, siempre noté cómo su mirada encendía al hablar de tí,sin embargo, nunca imaginé que ella fuera capaz de algo semejante.

-¡Pues lo es! ¡Está celosa de mí! ¡Me odia!¡Tienes que matarla!

- Está encerrada, no volverá a ver el sol. Morirá sola dentro de poco. Sólo ten tantita paciencia.

-¡No quiero! Si de verdad me amas, haz que se disculpe públicamente, luego ¡córtale la cabeza!

-Mujer, no te entiendo. Hace apenas unos días dijiste que pensabas otorgarle tu perdón.

-¿Perdón? ¿Después de las cosas que ha hecho para molestarme?, ya te lo dije: a cada oportunidad que tiene me dice cosas horribles, ha intentado que me caiga por las escaleras.

-Pero mujer, ha estado encerrada...

-Tienes razón, no importa. Ya no volverá a hacernos daño ¿ me lo prometes?.

-Te lo prometo, la dejaremos atrás, nos iremos de aquí, a donde tú quieras.

Y él lo sabía, sólo él sabía del hechizo que le impedía hablar.

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