Nunca se acaba la lluvia en el planeta que atraviesa la glaciación.
Se les había olvidado a todos cuántas glaciaciones y vulcanizaciones tenía de vida su tierra, pero sabían que la lluvia no se había terminado nunca, en toda la vida, incluso en la del hombre más viejo de la región.
Era un no-parar-de-llover tan angustiante que muchos comenzaron a tomar la decisión de caminar hasta el final del bloque más grueso del hielo de la playa y desaparecer entre el blanco.
Ella estaba sentada con la cabeza entre las manos pensando, rumiando y volviendo a pensar.
Mariana le dijo que ésta era la oportunidad de su vida, que era una bendición tener las manos, los ojos, la boca, los labios, las piernas y todo, todo tan vacío.
Dijo que ésta vacuidad es la señal que te da la vida para llenarte de cosas nuevas, de órganos nuevos, de ideas nuevas.
Quería entender. Quería alegrarse también de tener las manos vacías.
De haber perdido al ayudante.
De haber perdido la plata, toda la plata.
De haberse deshecho de aquel tumor que se alimentaba de su alma, que consumía toda la glucosa que estaba destinada a ella y que además chirriaba por las noches.
Quería alegrarse y dar las gracias a ese invierno de purga que se había llevado lejos todo lo que no necesitaba, para nunca volver.
Pero se miraba las llagas de las manos y no podía evitar la sensación de haber perdido algo importante. Algo trascendental.
Ojalá no fuera mera cuestión de honor, porque no podría decepcionarse más de sí misma.
Se levantó, tomó su capa roja y siguió caminando dentro del refugio.
Hacía mucho tiempo que el hombre que le había regalado su piel gris había desaparecido en la niebla blanca, al final del bloque de hielo más grueso, mar adentro, y por mucho tiempo sintió alivio en el corazón. Vinieron tiempos de paz, tiempos de sueños reparadores, de tierra firme y descanso prolongado.
Pero una noche, una luz rojiza atravesó la ventana de su dormitorio y un rugido que parecía provenir de las entrañas de la tierra la despertó. Se levantó apresuradamente, se calzó las botas negras y se echó encima la capa con la que pretendía disimular el color muerto de su piel. Así vestida salió al frió de la noche, a la oscuridad. Se dio cuenta que la luz estaba más lejos de lo que había sentido con los ojos cerrados.
Algo la llamaba, algo rojo se agitaba dentro de su pecho, un destello ínfimo de algo que fue y que no lograba recordar.
Sin pensarlo se deshizo de la capa, tomándola con una sola mano, extendió unas alas grandes, negras y entumecidas y emprendió el vuelo montaña arriba, hacia los destellos rojos y dorados que nacían y se ahogaban entre las pendientes inclinadas de un par de montañas.
Al irse acercando escuchó algo más: gritos.
Una voz masculina gemía y lloraba en algún lugar cercano a aquella algarabía de luces rojas y doradas.
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