Tomé el barco prestado y me hice a la mar. No necesitaba tripulación. En la noche y bajo la luz de las estrellas, el mío era un barco fantasma.
No era traición, pero a la isla de la muerte tenía que viajar sola. Bien sola.
No había viento, pero eso no le importa a ningún barco fantasma: con niebla o sin ella y en medio de la tormenta la nave atraviesa los mares.
Todo hacia el sur.
Quería ir todo hacia el sur a buscarlo en sueños.
En la isla de la muerte recordaría los días del Sabbat fuera del planeta, envuelta en pìeles y los ojos de chocolate y almendras.
La embarcación crujía, aullaba de dolor a veces pues para manejar el timón hace falta recargar encima el corazón.
El tiempo es muy cruel con quien espera las cosas del corazón.
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