miércoles, 25 de marzo de 2015

En occidente

Mi búsqueda comenzó en occidente, y comenzó sentada en una mesa gris, despintada, frente a un hombre moreno que era mi mentor, un hombre que era químico y que no lograba, sin embargo, que alguien entendiera algo de química. Se encargaba entonces de enseñar disciplina y trabajo duro solamente: mandaba hacer copias del libro de texto para mantener los barullos hormonales a raya.
A mí en cambio no me mandaba hacer nada de eso. Yo podía sentarme en su mesa de trabajo y él me enseñaba a despertar. Me hablaba de una vida llena de misterios y de las razones por las que jamás estaría cómoda. Metafísica, historia, magia. Él era mi maestro de alquimia, me llamó desde otras tierras y poco a poco, suavemente, abrí los ojos.

Demasiado pronto para entender, leí de metafísica. A Hermes, sobre todo. Pero no era momento de entender nada. Tantas cosas pasaron de entonces al tiempo en el que comencé a suspenderme en el tiempo, entre un juego de velas, veladoras y sirios, bien entrada la noche.

Quizá un día ocupe otra entrada de éstas para relatar aquella historia, hoy tengo que decir que reencontré una frase perdida en un libro que recibí como regalo de cumpleaños: "Eros es la base de toda creación, la fuerza misma que es energía creadora tanto entre los dioses como entre los hombres"
Y recordé que ya en lapso que relato al inicio había pensado en ello. Se me ocurrió una noche antes de entregarme al sueño, en esos instantes en los que uno comienza a perder piso y la realidad se desdibuja pero uno es aún consciente. Yo sabía de las interacciones electrostáticas entre las moléculas, de la atracción entre las cargas, de algunas leyes fisicoquímicas, pero, religiosa como era (religiosa mas no cristiana, católica, musulmana, judía ni nada parecido), echaba en falta el impulso que animaba a dos átomos a fusionarse.

Más tarde, ya estudiando la ingeniería, imaginaba una célula y toda su maquinaria merabólica, vi las estructuras que daban origen a cada organelo y puse mi vista sobre la bicapa fosfolipídica. Vi los carbonos, los fósforos, los hidrógenos y al final concluí lo que se concluye siempre: ¡qué sabia es la vida! ¡qué mecanismo tan perfecto! Y sin embargo continué sintiendo ese vacío, esa necesidad de acercar mis pensamientos a la divinidad y con horror vi que aquella imagen de la célula en pleno funcionamiento cambiaba siniestramente, se oscurecía y se congelaba. La célula era entonces una estructura funcional pero inerte.
Necesitaba algo. Faltaba algo. Algo.  Entonces soplé mi aliento sobre ella y comenzó a intercambiar iones nuevamente. Intra y extracelularmente todo marchaba como marcha todo en una célula decente.
Y entonces entendí que Dios es esa energía que hace funcionar lo que funciona aunque todo esté ya dispuesto para funcionar. Es el gradiente que siempre desea alcanzar el equilibrio y que nunca lo consigue, en pro de la vida y la existencia. Es esa diferencial, es aquel aliento iniciador, aquel beso de vida. Es el amor que mantiene unidas las cosas para que interactúen siendo opuestas.
Es aquel número cinco que no recuerdo y el uno que adhiere al dos, y que creo que algún gato debe volver a explicarme. Así hasta que se canse.

1 comentario:

Carlos Garduño dijo...

orgullosos has de tener todos los aparatos de Golgi que cargas en el cuerpo. te producen pura proteína literaria.