lunes, 20 de abril de 2015

Vampiros

Le dije que no la sorbiera toda, que necesitaba vivir. Pensaba con asco en los montones de bolsitas rojas que habrían de colgar en el armatoste metálico aquel para remplazar los tres cuartos de vida que comenzaba a resignarme a perder. Sabía que introducirían en mi las células de alguien más, de muchos otros más, y, recordando los artículos sobre los nuevos descubrimientos de memoria celular, en los que se realizan experimentos con gusanos decapitados que son capaces de regenerar sus cerebros con todo y recuerdos, comencé a sudar frío y a darme cuenta de que a pesar de todo ese horror iba a elegir vivir.
Siempre había pensado que en cuanto mi vida ya no fuera como yo desaba o planeaba, terminaría con ella. Y sin embargo allí estaba, plantada delante de ese par de ojos grises, negociando y regateando una vida que definitivamente no deseaba, pero que era lo único que tenía. No tuve ni el tiempo ni el albedrío ni la capacidad consciente suficientes para ponerme a filosofar sobre los motivos que tenía para desear con tantas ganas permanecer en éste plano, dado que ahora por más que lo intente y pese a mis veintidós años de esplendorosa juventud, debo reconocer que no tengo la mínima idea de qué es lo que vine a hacer a éste mundo y mucho menos de qué es lo que quiero hacer en él.
Pero allí estaba yo, lloriqueando como una nenita y tocándole los colmillos como intentando anticipar el dolor que sentiría, e imaginando que debería soportar una presión muy fuerte sobre la yugular y experimentar una asfixia terrible. No quería. Sabía que debía aceptar y contar hasta tres para decidirme a presentarle mi cuello y confiar en que respetaría mi decisión de no beber hasta el final o tentar su mal humor y provocar que me despedazara allí mismo.
¿Qué hice? Seducirlo.
Como ya han pasado casi veinticuatro horas desde el incidente, he olvidado qué sucedió exactamente después, sé que logré que me quisiera y me defendiera de los otros y que murió atravesado por un objeto largo que alguien arrojó.
Y que después seguía intentado huir corriendo de otra horda de seres de la misma naturaleza, y que no podía porque el camino estaba plagado de usuarios del metro que, como siempre, tienen sobrepeso, están sudados, estorban y caminan lento.
Sé que fui alcanzada en varias ocasiones y que fui besada por absolutos desconocidos, tenía muchos enamorados. No sé para qué, o qué broma pesada de mi cerebro es esa. Y al final me quedé encerrada en una de tantas casas, para darme cuenta de que la voz de mi madre llegaba desde la sala.
No fue a trabajar.
Eran las ocho de la mañana.

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