domingo, 26 de abril de 2015

Rojo con verde

Él era el ejemplar mas magnífico que había visto nunca, con esa piel roja y verde y tan suave. Tenía dos ojitos pequeñitos, como de marfil con cuerda, y una sonrisa discreta bajo su enorme nariz.
Quería que estuviera vivo y él también quería vivir. Lo miré con ternura sabiendo que no era mío, pero tenía permiso para darle besos. 
Lo tomé entre los brazos, tendida en aquella cama de historias y lo abracé muy fuerte, presionándolo contra mi corazón y contra el orbe del pecho, ese que se me inflama a veces cuando me llueve la cara o cuando me quiere llover. 
Estaba vivo entonces, latiendo con mis latidos. Un hilo de energía salía de mi centro y lo envolvía, lo ponía contento. Cuando estuve segura de que se había despertado yo cerré los ojos para escuchar. 
Comenzó hablando quedito, y puse más atención, porque no teníamos mucho tiempo antes de que su dueño volviera y nos hiciera preguntas incómodas. Le pregunté dónde vivía y qué era lo que más le gustaba de estar con él y me dijo que caminaba a pasos lentos hundiendo sus patas en la arena, y que a menudo escuchaba al mago llamarlo por su nombre y decirle que entre todas las bestias, él era el mejor. 
Y yo le creí, creí todo cuanto me contaba: que sobre su lomo llevaba una alfombra bordada en púrpura y oro para que el mago viajara cómodo, y que a sus costados llevaba cantimploras llenas de infusiones y saquitos con especias provenientes de muchas tierras.  Decía también que en las noches llenas de estrellas, se sentaban junto al fuego y el mago llamaba con su voz a los espíritus del viento para que llevaran sus oraciones al cielo. Que viajaban juntos buscando a "los oídos que están prestos a escuchar", para que vinieran "los labios que habían de llenarlos con sabiduría" y a los que ya habían escuchado la voz del altísimo también los buscaban, para caminar junto a ellos hacia el Sol, porque todos, al morir, nos reunimos allí, hechos luz. 
Decidí entonces que la vida de aquel fiel personaje era mucho más intensa de lo que habría podido imaginarme. Lo besé en la frente y le dije que debía regresar allá, a ayudar al mago a caminar por aquellas tierras de la consciencia superior y le prometí que volvería a prestarle mis latidos porque anhelo sobre todas las cosas volver a escuchar sus historias. 
Muy despacio lo separé de mi pecho y mientras se enfriaba su cuerpo, ambos volvíamos a nuestras respectivas realidades. 
Su dueño entró en la habitación mientras yo intentaba alisarle un poco la cabeza, creo que lo dejé un poco despeinado con mi abrazo incandescente. 
Paco, el mejor de los elefantes, se quedó dormido esperando que esa misma noche el mago y él recorrieran juntos otros desiertos con otras arenas. 


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