Solo estabamos él y yo sentados en cualquier banca de cualquier parque.
No había viento y el sol parecía tener una pantalla polarizada. No se escuchaba ni el ruido de la ciudad, ni el bullicio de los oasis parquecinos donde los árboles contienen a duras penas las emisiones de smogg y te hacen creer que el mundo gris de allá afuera está bastante lejos.
Todo se veía tan falso que parecía un escenario virtual.
Yo traía puesto el vestido color crema con flores con el que mi madre me arrullaba cuando era pequeñita.
Mi niño tenía los ojos claros, los labios llenos, una nariz larga y redonda en la punta, el pelito negro y cejitas de arco.
De pronto vi a la pareja caminar hacia nosotros por el corredor, lo reconocí a él y sabía quién era ella para él, y entonces supe que todo terminaría para mi.
Él me saludó con indiferencia y preguntó por el niño.
No le dije nada ¿Qué mas daba ya?
Él la tenía a ella y era feliz, en cambio yo iba a salir sobrando como siempre y a cada rato.
Lo miré entonces, y utilicé mis ojos como un pánel y escribí en ellos, esperando que supiera adivinar.
Cuando el hombre preguntó su nombre al niño ya no le quedó ninguna duda.
Mis ojos ya estaban inundados.
-Pero ya no importa, - le dije- porque lo tengo a él que tiene la misma forma de tus ojos, tu boca, tu sonrisa. Y tu sangre que ahora me amará para siempre.
El niño miró a su padre y sonrió.
Yo no podía contener el llanto, hasta que me encontré atragantándome con una de las esquinas de la funda de la almohada.
Ahora traigo ojeras y el alma pesada.
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