jueves, 2 de septiembre de 2010

Neumos (I)

La no-reina anduvo por la calzada con el miedo zumbándole en la cabeza.
Temía encontrarse con el ermitaño y temía herirlo.
El ermitaño la buscaba aquella mañana, se lo dijeron los guardias.
Tenía remordimiento, tenía miedo. Pero también tenía todas las ganas de volar que nunca había tenido. Todos los deseos que le entregó a él regresaban para ser uno con ella.
Porque ella siempre quiso volar, pero renunció a todo desde el principio.  Renunció y se tiró de espaldas, pero él jamás la sostuvo porque nunca quiso sacrificarse.
Ahora giraba y observaba alrededor, a donde quiera que mirara el resplandor del los Neumanos le golpeaba el ánimo.
Y a cada minuto su propia existencia le parecía más vacía y hueca, y todo lo que creía que era perdía sentido en aquella ciudad.  Las miradas de los otros eran faros de luz blanca a diferencia de esos grandes focos apagados que llevaba por ojos.
Guido la condujo por callecitas terriblemente transitadas. De aquí ya llá llegaban pedacitos de conversaciones, montoncitos de palabras de Neumanos que salían en grupo de los edificios Sepia con las bolsas cargadas de libros de  cultura, arte, política, lenguaje, alquimia y demás cosas interesantes.
La reina amante no entendía, pero su sangre hervía por entender, por pertencer.
-¡Apura! nos esperan.

Se detuvieron bajo la sombra de montañas de textos, una vez reunidos los latinos se hizo el silencio. Cada quién descargó sus hombros a la sombra de las torres de libros.
Un poco de agua caliente cayó sobre las hierbas y el recipiente le fué ofrecido a ella.
Hizo una ceremonia silenciosa, su propia ceremonia.
-Espera, está caliente.-Dijo, cuando Guido la miró con cara de pasmado.
Y siguió orando para sí.
El olor la invitaba, puso los labios en la boquilla de la bombilla (suena adorable ¿no?) y sorbió.
El calor le abrasó la lengua, y la esencia todo su ser.
Quiso sostenerlo todo el tiempo que le fué posible y mientras la sensación viajaba por su cuerpo y le impregnaba hasta la sangre, de polo a polo, recordó aquella ocasión en la que hurgando entre las reliquiasde su abuela, encontró un montón de cigarros blancos, sin filtro, primitivos; los desenrolló despacito y se llevó a la boca los trocitos de hierba café que ocultaba el blanco papel.
Fue un sabor similar, una conciencia similar. Los sentidos de ella entraron en un lento y doloroso despertar. Esa parte cálida de su yo se le plantó enfrente y en el pecho crecía el anhelo.
El anhelo verde y fresco de aquella selva donde el lodo es una máscara más efectiva que la tela y los modales.
Guido la tomó de la mano y corrieron juntos por una explanada de cemento que desembocaba en una zona verde, enorme y llena de vida. Un montón de juglares neumanos hacían suertes con aros, discos, esferas y zancos.
Todo en aquel lugar era espíritu y fiesta. La Gran Ciudad de NeUmos, hermosa sin pretenciones ni adornos exagerados.
El guía y su amante escogieron un sitio tranquilo y apartado, un trocito de pasto sin lodo donde pudieran observara su alrededor.
Ella seguía esperando, esperaría siempre, por eso tenía miedo.
Desenvolvieron en par de panecillos condimentados que Guido compró a la entrada y los terminaron mientras las risas de los neumanos y la calidez del ambiente los devoraba.
¿Es que de verdad era posible tanta felicidad?
De pronto, la no-reina se encontró de cabeza, con la sangre agolpándose en las sienes y las mejillas, tenía la intención de exigir a su captor ser liberada, pero las intenciones de cualquier cosa se perdieron en el calor del cuerpo de Guido. Rodaba sobre su cintura, con la vista vuelta hacia el techo azul de cielo infestado de nubecillas blancas mimadas.
Hacía mucho tiempo que no sentía calor. Los tambores siempre le habían atraído, la volvían valiente y reactiva. Se acercó despacio al pecho de él, así, tendidos en la hierba y enlodándose los hombros, con los pantalones y la falda llenos de Tierra. Cerró los ojos y escuchó. El corazón de Guido cantaba una canción de guerra.
Evocaba la vieja Galia y los choques de metal en el cuerpo a cuerpo.
Ella amaba la guerra. Lo miró. Él la miraba también, esta vez no había desconcierto.
Dejó que él la besara, que le robara la luz de los ojos. A lo lejos se escuchó un cristal roto, escuchó gritos, gritaba su alma, su conciencia. Quería esperar, quería seguir esperando.
Entonces decidió esperar por siempre, y mientras tanto vivir. Vivir todo lo que pudiera.
En ese momento sentir era la prioridad, olvidar el rostro de 500 putas.
Vendetta una vez más.

Se levantó rápido, aún quedaban varios destinos y no podía estar segura si el ermitaño rondaba por allí.
Pidió a Guido la llevara a caminar, él quiso enseñarle el edificio donde había pasado un millón y dos eternidades existiendo.
-Guarda silencio- indicó.
Y ella silenció, pero no pudo hacer callar su conciencia, ni su corazón.
Ante sus ojos tenía los más grandes portales que había contemplado jamás, y aún desde afuera se escuchaban ya los susurros de las páginas blacas y amarillas.

Subieron y bajaron varios pisos, siempre yendo hacia el corazón del edificio.
Cada laberinto tenía su propio estilo, dependiendo del tipo de neumano que soliera visitarlo.
Guido tenía en su cabeza un mapa. Le contó con la mente unas 100 historias distintas, en cada pasillo encontraba algo nuevo que relatar. se las contó con la mente porque el silencio debía permanecer intacto.

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