viernes, 5 de marzo de 2010

Sin ojos en un túnel

Pensaba de camino a casa, pensaba mucho.

Y vi de lejos caminar a mi padre
. Venía en sentido contrario.
Quise mirarle los ojos y entonces desapareció. Solo recordaba.
 Y también recordé entonces que fuiste tú el que me hizo sentir lo que debía sentir de verdad.
No fue sino hasta que probé un poco del dolor de mi madre en mi misma que pude comprender, y tomar la decisión de no volverlo a ver. Fuiste tú quien encarnó ese demonio segador de vidas.
Porque mi vida terminó de alguna manera en cuanto él cruzó el umbral de la puerta dándole la espalda al hogar, al calor y al amor de dos mujeres, y después tú mismo terminaste una vez más con lo que quedaba, de alguna forma.
 Es irónico, me da tristeza que no haya podido comprender que si no mi madre, por lo menos tenía en mi una pequeña mujercita que sería irremediablemente suya para siempre, y que lo amaría con el amor más puro que cualquier otra mujer pudiera haber sentido.
 Le querría siempre, sería el primér héroe, el primer monarca, el primer escudo, el primer hombre en mi vida; ese que tanto he necesitado para cuidarme, protegerme, esconderme
. Hubiera sido ese padre que se pone celoso de los pequeños amores de la vida de su princesa, el que da consejos y vela mis sueños.
 Pero me traicionó y me dio la espalda.

Mi primera gran traición se suscitó a los 4 años de edad.
 Debí haber sabido entonces que estaría destinada a ver la espalda de mucha más gente a lo largo de la vida. Sin embargo las cosas son como son, y hoy me toca sostenerme y sostener.
Me toca escuchar y ser impasible, actuar cuando es necesario. Lidiar con mi inmadurez adolescente, con mis ganas de devorarme el mundo, de vivir como cualquier otra chica.
Y debo darte las gracias: me creaste invencible.
Después de ti no hay dolor que me detenga, no hay herida que merezca la pena ni problema que me haga flaquear.
Lo peor ya pasó.
Hoy me cuesta llorar al ser golpeada por el devenir, y sin embargo no he perdido la capacidad de estallar en llanto al entrar en contacto con algo terriblemente bello, hermosamente doloroso, con algo tan natural y tan poco visto que se vuelve todo un espectáculo.
Amo el escenario, amo la tragedia.
Y cierro un poco más la boca.
Pensaba de camino a casa que me gusta no saber si llegaré, que me gusta perder el reloj y dejarme el celular olvidado en el fondo de la mochila, que me gusta imaginarme con diferentes rostros e incluso muriendo en diferentes situaciones.
Me gusta que el viento me golpee la frente, que el sol me enceguezca, que queme mi piel, mi cabeza.
Me gusta dejar de beber hasta sentir que mi cuerpo pide a gritos el líquido.
 Me gusta dejar de dormir para caer en un estado cercano a la narcolepsia después de unos días.
Y no tener apariencia de nada, hombre, mujer, niña.
 Es igual.
 Con mis ojos me basta para hablar.
Me gusta escuchar los tambores, y las marchas.
Y soy feliz.
Inmensamente feliz.

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